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El arribo de la guerra rusa a casa provoca temor y caos

Después de un siglo de opresión y desastres intermitentes, muchos rusos han desarrollado una aceptación pasiva y una paciencia que le funcionan muy bien a Putin.

Rusos de lugares cercanos a la frontera con Ucrania, como Shebekino, en un refugio en Belogrod, Rusia, el 7 de junio de 2023. (Nanna Heitmann/The New York Times).

Rusos de lugares cercanos a la frontera con Ucrania, como Shebekino, en un refugio en Belogrod, Rusia, el 7 de junio de 2023. (Nanna Heitmann/The New York Times).

Gatos y perros abandonados deambulan por calles vacías franqueadas por edificios de apartamentos bombardeados, escombros y automóviles comprimidos en Shebekino, un poblado fronterizo de Rusia afectado por bombardeos de Ucrania.

Un salón de belleza todavía ardía la semana pasada. Todas las ventanas del ennegrecido esqueleto de la estación de policía estaban reventadas. Casi todos los 40.000 habitantes habían escapado, según informaron las autoridades.

“¡Necesito insulina! ¡Necesito insulina!”, gritaba Lyudmila Kosobuva, de 56 años, quien explicó que estaba cuidando a una amiga diabética de edad muy avanzada que no podía moverse. Sus ojos tenían una expresión ardiente y su actitud era desafiante. “No nos iremos de nuestra patria”.

Esta desesperación y estos panoramas de devastación son usuales para millones de ucranianos que sufren la invasión de su país por parte de Rusia. Pero no estábamos en Ucrania, sino en Rusia, una pequeña parte del occidente de la inmensa nación en que fuerzas respaldadas por Ucrania han lanzado bombas y misiles en áreas residenciales.

Debido a la hostilidad que Moscú muestra hacia los medios noticiosos de Occidente, este es un aspecto menos visible de la guerra que el presidente ruso Vladimir Putin arrancó hace 15 meses. Un creciente número de ataques del lado ruso de la frontera han dejado un saldo de más de doce ciudadanos muertos y obligado a decenas de miles de personas a desplazarse a Belgorod, capital de una región cuyo rico suelo y cuidadas calles en cierta época le ganaron el apodo de “pequeña Suiza”.

Shebekino es un pueblo fantasma tras varios días de bombardeos. Quizá queden unos mil residentes. La semana pasada, uno de ellos era un hombre que arrastraba metal torcido hasta la banqueta en una misión solitaria de limpieza.

Si la intención era hacer tambalear el apoyo a Putin o la determinación rusa con respecto a esta guerra, o bien hacerles sentir a los rusos ordinarios el dolor del conflicto en carne propia, entonces los ataques de Ucrania quizá hayan tenido algún efecto marginal, pero no han logrado ningún cambio fundamental.

Después de un siglo de opresión y desastres intermitentes, muchos rusos han desarrollado una aceptación pasiva y una paciencia que le funcionan muy bien a Putin. Ahora que se comienza a dar un esperado contragolpe de Ucrania, todavía cuenta con el respaldo de la mayoría de una población amedrentada por su gobierno cada vez más represivo de 23 años.

La determinación de Rusia por conseguir la victoria en esta guerra permanece inquebrantable. Hay voces inconformes y cierto descontento naciente en Belgorod, pero se calcula que un millón de las personas que se oponen a la guerra han abandonado el país.

“No sé por qué Rusia no puede defendernos”, se lamentó Sergei Shambarov, de 58 años, residente de Shebekino que no se unió al éxodo masivo porque tiene parientes ancianos. Mostró algunas esquirlas de metralla que había recolectado. Estaban amontonadas en un tazón sobre una mesa a su lado en su apartamento, al que se tiene acceso a través de unas escaleras de cemento cubiertas de vidrio hecho añicos.

“¡Cientos de bombas al día!”, exclamó. “¡Han destruido fábricas! No puedo explicar esto”, dijo, encogiendo los hombros.

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Ninguno de los rusos entrevistados identificó una conexión entre sus apuros y los 8,2 millones de refugiados ucranianos que han escapado de la brutal guerra de Putin. Un bombardeo constante de propaganda ha descrito con falsedad el conflicto como una guerra defensiva de Rusia contra los “nazis” y “fascistas”, respaldados por Estados Unidos y Europa, por lo que, según la narrativa rusa, Moscú no ha tenido más remedio que emprender acciones militares.

En las calles fantasma de Shebekino, Viktor Kalugin, de 65 años, se quejó de que no se les haya permitido a los mercenarios del Grupo Wagner y a los combatientes chechenos, ambos famosos por ser crueles, ocuparse del problema.

“Espero que nuestras fuerzas no permitan que los fascistas vengan aquí”, comentó. “Mientras tengamos a Putin, nadie podrá adueñarse de Rusia. Si tan solo pudiera encargarse de los generales”.

Con sus bultos, los desaliñados residentes de Shebekino forman largas filas afuera de los estadios deportivos y centros culturales en Belgorod, donde se distribuye comida. Un inmenso dormitorio, armado en el centro de una pista interior ciclista ovalada, tiene 700 camas en las que se extienden los cuerpos varados de los ancianos. Una oferta de las autoridades locales de 50.000 rublos (unos 650 dólares) para las personas desplazadas por los enfrentamientos provocó muestras de indignación cuando se anunció el 8 de junio.

“Desataron una guerra y ahora quieren taparles la boca a las personas con centavos”, escribió Svetlana Ilyasova en un grupo de conversación de residentes de Shebekino en la aplicación de mensajería Telegram.

Rusia todavía insiste, aunque cada vez menos convencida, en que hay una “operación militar especial” en marcha en Ucrania, no una verdadera guerra. Por desgracia, el término “guerra” se utiliza ahora todo el tiempo en Moscú, en general para describir la confrontación sin cuartel con Occidente que Rusia ve en el conflicto.

“Es Rusia contra todo Occidente”, señaló en una entrevista un funcionario de cierto rango en Moscú, quien se negó a ser identificado. “Ucrania es sencillamente la tierra en que se desarrollan los acontecimientos”.

Con respecto a la situación en Belgorod, el funcionario dijo que “es un desastre”.

Aunque las líneas de batalla en Ucrania han estado casi congeladas desde hace meses, insistió en que los bombardeos podrían detenerse si Rusia decidiera destruir Járkov, la segunda mayor ciudad de Ucrania. Se encuentra a solo 80 kilómetros de Belgorod y, según él, las fuerzas paramilitares la utilizan como base posterior. Sin embargo, afirmó que “intentamos desmilitarizar a Ucrania, no borrarla del mapa”.

De cualquier forma, Rusia ha desplegado una ola tras otra de soldados, misiles y bombas contra el país, que Putin ha dejado muy claro que considera un Estado ficticio que debería formar parte de Rusia.

El gobierno del presidente ucraniano Volodímir Zelenski ha intentado distanciarse de los ataques dentro del territorio ruso.

Les ha atribuido estos ataques, que no tenían un objetivo militar obvio, a combatientes rusos de dos grupos paramilitares, Free Russia Legion y Russian Volunteer Corps, que han adoptado la causa ucraniana como medio para “liberar” a Rusia de Putin. Los militantes invadieron varios pueblos fronterizos rusos el mes pasado, antes de que el Ministerio de Defensa ruso los hiciera retroceder, según el relato del organismo.

Lo que no está claro es cómo hacen estas milicias para obtener las sofisticadas armas que les permiten lanzar bombardeos continuos y operar desde territorio ucraniano sin dirección del gobierno de ese país. Estados Unidos ha expresado en repetidas ocasiones su oposición a los ataques de Ucrania contra Rusia, pues teme que escalen, aunque casi no les ha dado importancia a los bombardeos e incursiones recientes.

Al parecer, el distanciamiento del gobierno ucraniano de los ataques paramilitares e incursiones en poblaciones fronterizas rusas es una especie de burla contra Putin por imitación. En 2014, insistió en que no sabía nada sobre los soldados rusos sin insignias que participaban en la anexión de Crimea y avanzaban en la región de Dombás al este de Ucrania.

La respuesta dispersa de Rusia a los ataques en el área fronteriza de Belgorod no ha ayudado a aclarar nada.

Sus fuerzas armadas no han logrado detener los bombardeos. El gobierno ha dedicado muy poco tiempo en los principales canales televisivos controlados por el Estado a la debacle en Shebekino, al parecer con la intención de evitar alarmar a la gente. Ha ignorado o dado muy poca importancia al bombardeo y la matanza de ciudadanos civiles en ataques desde territorio ucraniano, como si cualquier expresión oficial de indignación pudiera ser desestabilizadora. Esta postura no ha sido bien vista en Belgorod.

Por si fuera poco, la ciudad está inundada de refugiados del área de Járkov, gente con una opinión favorable de Rusia que huyó de un contraataque anterior de Ucrania que hizo retroceder a las fuerzas rusas de los alrededores de la ciudad en septiembre de 2022.

Galina Ivanova, de 75 años, nacida en Siberia y residente de Ucrania desde los 28 años, forma parte del grupo que huyó en ese entonces. A pesar de todos sus años en Ucrania, se siente totalmente rusa. Rompió en llanto cuando le dieron un paquete con pasta, arroz y otros productos básicos. “¿Creen que se siente bien tener que aceptar todo esto?”, preguntó.

En un gran estadio de voleibol en Belgorod, donde parte de las decenas de miles de personas que han abandonado Shebekino y las poblaciones de los alrededores van a registrarse, Lidiya Rogatiya, de 65 años, estaba inconsolable. No paraba de llorar por sus pollos abandonados en el poblado ruso de Novaya Tolovoshanka, cerca de Shebekino, por lo que otra mujer le gritó: “¿Puedes dejar de quejarte por tus estúpidos pollos? ¡Solo hablas de alimentar a tus pollos!”.

Pero para Rogatiya, cuya pensión es de solo 110 dólares al mes, simbolizan el hogar que ha perdido, por lo que, según dijo, ya no tiene ninguna razón para vivir.

Muchas personas son jubilados pobres, como Rogatiya, que viven en un miserable mundo ruso que se encuentra totalmente alejado de la ostentación de Moscú en el centro.

El estadio de voleibol, convertido en un centro de registro, apestaba a polvo, arena y sudor. Muchas personas habían escapado con unas cuantas cosas que metieron apuradamente en un par de bolsas de basura, si acaso. Maksim Bely, uno de los voluntarios, explicó que a la gente le dan como opción tres destinos: Tambov, a 500 kilómetros de ahí; Tula, a 400 kilómetros y Tomsk, a casi 4000 kilómetros, en Siberia.

“La mayoría elige Tula”, dijo. Pregunté cuándo iría a casa esta gente. “Irán a casa cuando termine la guerra”, respondió. ¿Cuándo será? Esbozó una tímida sonrisa.

En Shebekino, donde continúan los bombardeos, Liliana Luzeva, de 60 años, ha preferido quedarse. No pudo abandonar a sus cabras, sus pollos y su jardín. Además, cuida a algunos de los perros abandonados.

Cuando comienza de nuevo el bombardeo, se refugia en su pequeña “bodega para papas”, llena de mermeladas, conservas de champiñones, salsas de jitomate y montones de papas. Un gallo se pavonea por un patio con desordenadas peonías en flor.

“Rezo y rezo y rezo”, dijo. “Vamos a hacerlos retroceder. Pero no sé por qué todo tenía que pasar así”.