Catalejo

A 25 años del tonto y absurdo serranazo

Mario Antonio Sandoval

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A la mayoría de guatemaltecos, el nombre Jorge Serrano les dice poco, o nada. Quienes hoy tienen 40 años eran adolescentes de 15 cuando este politiquero llegó a la primera magistratura de la nación, como consecuencia de una coincidencia rara: por un lado, una especie de voto adverso a un candidato llamado Jorge Carpio, quien por segunda vez participó en elecciones y quedó en segundo lugar.  Le ganó un desconocido, ambicioso, cuya única habilidad era una labia populista y convincente, pero mentirosa, con la cual logró convencer a los sectores no-católicos a votar por él, quien se consideraba una especie de heredero político de Efraín Ríos Montt, quien por primera vez utilizó el púlpito no católico como instrumento político, con éxito inicial pero rechazado en solo año y medio.

Serrano cometió un absurdo político enorme, hasta entonces el más grande de la historia guatemalteca: un autogolpe de Estado. De inmediato el rechazo nacional e internacional fue clarísimo. Unas semanas antes, por medio de un amigo entrañable, me pidió una reunión en la casa de su guía espiritual Harold Caballeros. Luego de casi cuatro horas, a eso de las 3 am, desesperado porque no pudo convencerme, me amenazó de muerte. Me levanté de inmediato y le dije: “Sos un imbécil. Eso se hace, pero no se dice”. Salí y sólo volví a verlo cuando era sacado por militares de su Estado Mayor para irse al exilio. Por supuesto, en un su libro fantasioso, hay descalificaciones de primer orden contra mí. Ahora está en Panamá gozando de las utilidades de sus negocios.

Cuando era candidato triunfador en la primera vuelta, me visitó en la oficina y al salir el tema del costo de la campaña, me dijo algo muy popular en el momento presente. Según él, ya era millonario en ese momento, a causa del dinero llevado espontáneamente por grupos empresariales y empresarios en lo personal, y a las ofertas del uso de helicópteros, impresión de volantes, camisetas y así, un largo etcétera. Luego de un desgobierno tan malo, los negocios, los errores de gobierno, de escogencia de ministros, su craso error de comprar votos en el Congreso, provocó su desesperación cuando los chantajes por los votos favorables en el hemiciclo aumentaron descaradamente. Se volvió irascible, hasta con Gustavo Espina, acaudalado no-católico vicepresidente.

Esta etapa de la historia política del país fue importante por las decisiones de un Tribunal Supremo Electoral de lujo. Y, como era de esperarse, sus diputados lo abandonaron y su “partido político” desapareció. Luego, algunos ejercieron el derecho —según los actuales diputados— del transfuguismo. A 25 años de distancia, prácticamente nadie se acuerda de él. Pasó en forma gris por la historia nacional, un hecho compartido por demasiados de quienes han ejercido la presidencia. De haber existido la Cicig, con seguridad habría pasado un buen lapso tras la sombra junto con muchos más exfuncionarios, tal y como ocurre hoy con Roxana Baldetti Elías, quien jura no ser su pariente, sino solo una coincidencia en ese nombre tan poco común en Guatemala.

Vale la pena expresar estos comentarios, dirigidos a los guatemaltecos de menos de 40 años. Uno de los tantísimos problemas de Guatemala es no conocer su historia, y por eso luego del fracaso de Ríos Montt y Serrano se repitió el fenómeno de la mezcla religiosa con el actual mandatario. Una característica común de Morales con Serrano es su pleito ciego contra la prensa independiente. Cuando este último iba escoltado hacia el aeropuerto, al ver a los reporteros y fotógrafos tomando fotos y filmando, los volteó a ver con rabia y a gritos les dijo “hijos de la gran p…”, lo cual, a mi juicio, constituye un verdadero premio. Hubiera sido terrible si dice “adiós, queridos amigos míos”.