Catalejo

Casi seguros últimos 46 días del futbol

Mario Antonio Sandoval

No es pecar de pesimista, sino ser realista. Al futbol de Guatemala le quedan 46 días de vida, pues la fecha última señalada por la todopoderosa FIFA es el 30 de abril. No morirá del todo, porque de seguro habrá entusiastas profesores, padres, niños y jóvenes dispuestos a jugar el deporte más popular del mundo, pero será en su manifestación verdadera y prístina: las canchas sin grama de barrios de la capital y municipios del país, de posibles juegos organizados en campeonatos escolares a cualquier nivel. Los equipos de la liga nacional podrán jugar en el estadio de la zona 5 y en el de las cabeceras, y talvez en algunas presentaciones a nivel de ferias locales o de ciudades fronterizas de México y El Salvador, si eso es posible.

Dos factores se han unido para esa triste situación. Uno, la irresponsabilidad imperante desde hace demasiado tiempo en muchas de las organizaciones futbolísticas nacionales, en el sector público y en el privado, sobre todo en este último, cuya dirigencia tuvo además toda clase de manifestaciones de corrupción. La FIFA tuvo su propio calvario con el escándalo mundial de su expresidente Joseph Blatter. Sin embargo, por algunos de sus delegados logró votos en determinadas ocasiones fundamentales, gracias a una Concacaf convertida en una gavilla de gente entre las cuales sobresalieron dirigentes caribeños. A pesar de todo eso, por ser privada y la ONG más grande del mundo, pone las reglas porque desde hace tiempo el lado de negocio del futbol explica por qué se hará un campeonato en un tórrido país árabe.

La segunda razón es local y actual. La Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala y la Federación Nacional de Futbol a causa de las normas nuevas de la FIFA, provocará la pérdida de poder de los dirigentes. Punto. No les interesa, por supuesto. Están empecinados y les importa poco la salida del futbol guatemalteco. Los jugadores, tristes y desesperados porque se cerrarán sus posibles carreras internacionales, recurrieron al Congreso y dieron pelotas de plástico a los diputados. Al hacerlo, le hicieron un favor a la popularmente llamada “clica novenera”, por abrirle la puerta para convertirse en los chicos buenos de la película, los salvadores del futbol, dentro de la cuestionable lógica de lograr de esa manera salir de la zanja donde se encuentran.

Pero en el Congreso nadie da patada sin caite… lo urgente ahora es resolver el tema del futbol. Pero no desaprovechan nada: ahora están hablando de la inconsistencia de preocuparse solo de ese deporte y olvidar a los demás, un argumento aceptable en la superficie, pero preocupante porque significa, con toda seguridad, discusiones, intervenciones, negociaciones negativas para el país, como siempre. Hasta las feroces órdenes paternas provenientes del palacio de la Loba podrían ser inútiles o no tener la celeridad necesaria, a causa de súbitas explosiones de independencia aunque les hayan pintado el edificio escolar de enfrente. Si el plan es dejarlo todo para el último minuto del partido —hablando en términos futbolísticos— también tiene serias posibilidades de fracasar.

La última oportunidad para el futbol es un milagro del Santo Hermano Pedro, quien tiene la tarea de devolverle la cordura a quienes con sus acciones llevaron al deporte a la orilla del abismo. Aunque se arregle, son necesarios varios años para lograr cambios en el futbol guatemalteco, cuyas semillas no solo son de los niños jugadores, sino también de los niños aficionados. Y ellos dependen de la voluntad de los padres, encargados de despertar el interés y el entusiasmo infantil y juvenil. A todo ello se agregan sanciones serias a los equipos cuyos seguidores se comporten como fanáticos y como maleantes. Juegos con mil espectadores o un poco más no pueden sostener los gastos del deporte. A mi juicio, está clara la agonía del futbol chapín.