Florescencia

31 de julio del 2050

Como es natural, en el Estado de la eterna primavera y capital de la República de Centroamérica, hoy amaneció templado. Antes de ir a la oficina salgo a trotar. Con lentes de realidad virtual y audífonos corro por la vía peatonal. Las personas caminan sin prisa, atestiguando la salida gloriosa del sol mientras baña con sus rayos las crestas de los volcanes. Hay pocos autos circulando, la gente opta por tomar el metro que conecta toda la ciudad.

De regreso a casa paso por un café con buena causa. Su aroma me transporta a las montañas de Huehuetenango, desde donde ha venido el grano que hoy deleita mi paladar. Desayuno y después tomo el metro para ir a otra de mis oficinas, ubicada en ese departamento: un viaje de 40 minutos en tren de alta velocidad.

El fin de semana usaré el auto que se maneja solo. Planeo un viaje al Lago de Atitlán, que hace 20 años fue rescatado y hoy es un manto cristalino. Si cambiamos de parecer nos iremos a Petén, en tren o en avión, igual da. Mi familia y yo —como muchos centroamericanos— somos fanáticos de El Mirador. Fue un parteaguas hace muchos años atrás, cuando como sociedad entendimos los beneficios de resguardar los bosques y el patrimonio cultural: era una necedad talar árboles milenarios por unos pocos centavos. En ese entonces la tala ilegal dejaba ganancias anuales por US$700 mil, mientras que usarlo para el ecoturismo beneficiaba al país con decenas de millones de quetzales. El quetzal recuperó su verdadero valor y ahora el cambio es 90 centavos por US$1. Las comunidades cuidan los centros arqueológicos que anualmente atraen millones de visitantes de todo el mundo.

Todo dio un giro desde que nuestros gobiernos entendieron que su misión es servir a la población y representar la unidad nacional. La corrupción y la impunidad quedaron en la historia. Nadie permite el regreso de la crisis de principios de siglo. Hace pocos días se celebró el aniversario del descubrimiento que hicieron estudiantes de Sololá para salvar los lagos de Atitlán y de Amatitlán.

El sueño guatemalteco, centroamericano, florece. El sur se ha convertido en el norte, la migración se detuvo y con ello la fuga de talento. Por el contrario, somos receptores de turistas que llegan en busca de aire puro a los parques naturales y arqueológicos. La salud pública mejoró y la economía formalizada al ciento por ciento genera recursos para prestación de servicios, todo gracias a la visión de los gobernantes, que en las últimas décadas, en su mayoría, han sido mujeres.

La educación de calidad es la bandera de escuelas públicas y privadas. La desnutrición crónica infantil, que antes era de vergonzosos indicadores a escala mundial, se ha desvanecido. Los alimentos, en su mayoría veganos, ayudaron a erradicar muchas enfermedades. El presidente Balam sentó las bases de aquel cambio con visión de estadista. Contribuyó mucho que el Congreso se integrara con total representatividad y paridad. Nos dimos cuenta de que nuestra diversidad era nuestra fortaleza y se logró erradicar la discriminación y el racismo.

La maternidad en niñas quedó en ese pasado oscuro y los nacimientos son nuevamente al 100% naturales y muchos de ellos en agua —revirtiendo la era de la cesárea, que ocupaba un 70% de los partos—. La niñez guatemalteca es un referente mundial de aprendizaje desde temprana edad.

Despierto. ¡Fue un sueño increíble! ¿De verdad queremos la Guatemala de nuestros sueños? Siempre lo digo y lo diré: Creo en los guatemaltecos —en el progreso—, en ser parte de un equipo donde además de trabajar unidos por ese sueño cada uno se adueñe de sus acciones y de su futuro.