Punto de encuentro

A Claudia y José Manuel

Marielos Monzón @MarielosMonzon

A Claudia Samayoa la conocí en el colegio Monte María. Fue mi maestra en los últimos años del Diversificado. Yo estudiaba Magisterio Primaria y ella era mi profesora. Desde el primer día de clases, cuando la conocí, quedé encantada con la manera en que nos enseñaba.

Ella fue una de las catedráticas que nos invitó a abrir la cabeza y a salir de la burbuja —propia de las capas medias citadinas— para adentrarnos en la realidad de un país como Guatemala. Corría el año 1987, recién se había instaurado el primer gobierno electo democráticamente después de años de dictadura. El país seguía en guerra.

Claudia Samayoa se ocupó de mostrarnos, desde diferentes perspectivas, la realidad-real de nuestro país. La Guatemala profunda, la olvidada. La de la desnutrición, el hambre y la pobreza, la de la violencia y el terror. La del silencio y la exclusión. Esa Guatemala que desde siempre se ha querido ocultar, porque si una la conoce, quiere transformarla.

Lecturas, películas y documentales, charlas con académicos, escritores y escritoras —y hasta visitas al teatro—; ejercicios de debate sobre temas y hechos que se daban y casi no conocíamos. Y una visión emancipadora de lo que las mujeres podíamos hacer y aportar desde todos los espacios. Claudia nos mostró con su ejemplo y con su práctica de vida que calladitas nunca nos veremos más bonitas.

Su aporte fue fundamental en la construcción del pensamiento crítico. Nos aportó herramientas de análisis y de reflexión. Nos enseñó la importancia de la memoria histórica: jamás el futuro se puede construir negando el pasado. Sus clases me permitieron entender que una escoge el tipo de ciudadanía que quiere ejercer, y que es desde lo colectivo —nunca desde lo individual—, que tienen lugar los procesos de transformación.

Durante varios años dejamos de vernos. La encontré nuevamente cuando estaba inmersa en el movimiento por la defensa de los derechos humanos, del que continúa siendo un pilar fundamental. Claudia Samayoa, la incansable, la solidaria, la eterna acompañante de quienes están en peligro por ataques y amenazas. La mujer que siempre está dispuesta a alzar la voz, aunque el costo sea elevado.

La entrevisté muchas veces en mis programas de radio y tuve el honor de que aceptara ser una de las columnistas de la revista matutina que conduje en Radio Universidad. La tuve a mi lado cuando por mi trabajo periodístico arreciaron las agresiones e intimidaciones. Fue ella la que me acompañó durante semanas, después de que un grupo armado entrara a mi casa. Entonces comprendí que Claudia no era solo mi maestra del colegio, era una maestra de vida.

Hoy, Claudia Samayoa está bajo ataque —bueno, otra vez bajo ataque—. El presidente de la Corte Suprema de Justicia la denunció ante el Ministerio Público, como si fuera una delincuente. La acusa de varios delitos penales, después de que ella presentara una solicitud para que se les retirara el antejuicio a 11 de los magistrados de la Suprema, que le dieron trámite y enviaron al Congreso un expediente con una denuncia espuria contra tres togados del tribunal Constitucional.

La acusación es también contra José Manuel Martínez, un joven integrante del colectivo Justicia Ya, que dejó su espacio de comodidad —ese que podría seguir ocupando para evitarse problemas— y desde el 2015 batalla, junto a otros valientes jóvenes, contra las redes de corrupción y sus poderosos operadores.

Claudia y José Manuel son parte de la ciudadanía comprometida con la transformación de nuestro país. La solidaridad con ellos no es solo un gesto de empatía personal, sino un imperativo para demostrar que no están solos, que somos muchos quienes seguimos de pie.