Catalejo

Ak’abal, constructor de puentes culturales

Mario Antonio Sandoval

De los escritores siempre se puede decir mucho y desde diferentes y a veces contradictorios puntos de vista. Es natural verlos convertidos en el centro del trabajo de críticos, defensores y sobre todo aduladores. Yo siempre he tratado de hacer una separación entre el autor de una obra y esta en sí misma. Se puede admirar al artista y no hacerlo con el hombre. Los escritores, sobre todo los poetas, crean sus obras porque tienen un imperioso deseo de hacerlo y no piensan en sí mismos ni en la razón de crearlas. La inspiración es más indispensable porque un poema puede ser el resultado de un sentimiento breve, explosivo. Si bien es cierto pueden ser sujetos a numerosas revisiones, estas tienen —creo yo— menor cantidad de las practicadas en las novelas.

Humberto Ak’abal es —porque los poetas no mueren— un ejemplo de la posibilidad de crear literatura y con ella despertar sentimientos encontrados, en los cuales no solamente existe la belleza de la palabra. Por desgracia poco conocido en Guatemala, decidió rechazar el premio nacional de literatura, pero sí aceptó otros del extranjero, como ser nombrado caballero de las artes y las letras, de Francia, o el premio nacional de poesía de Neuchatel, Suiza. Tuvo indudable influencia de Luis Alfredo Arango, otro gran escritor guatemalteco igualmente olvidado, como casi todos. Pero el propósito de este artículo no es referirme a la parte literaria de su obra, escrita con palabras sencillas, fáciles de comprender y de llevar al lector la idea del poeta, escritor y ensayista.

Este lenguaje sencillo donde se esconde no siempre con éxito una profundidad conceptual se refleja en los títulos de algunas de sus obras: Hojas del árbol pajarero, Lluvia de luna en la cipresalada, Desnuda como la primera vez (ch´analik ek ´eje nabe mul). Según se afirma, escribía en su idioma materno, quiché, para luego traducir al español. No importa si fue así o si el proceso era al revés. Gracias a la relación con el idioma oficial de Guatemala, hablado por más de 425 millones de personas en todo el mundo y por una cantidad sorprendentemente grande de estudiosos y de admiradores de la lengua iberoamericana nacida en España hace mil años, tal manifestación de la cultura indígena guatemalteca se salvó del olvido. Y eso es una gran suerte.

Ak’abal, talvez sin proponérselo, a mi juicio estableció un puente entre su lengua propia, el quiché, con las otras de ascendencia maya en Guatemala, y en un proceso similar, se acercó de esa manera a todos los idiomas culturalmente significativos del mundo. A pesar de lo expresado, sin duda con toda buena fe, por quienes apoyan la idea de basar el conocimiento y la enseñanza de las lenguas vernáculas en el abandono del español, el resultado es terrible: la condena a muerte de estas lenguas porque sus hablantes necesitan comunicarse con el mundo, y este no las aprenderá. No se trata de hacerlas invisibles: lo contrario. Se trata de salvarlas del desdén por emplearlas dentro de las nuevas generaciones de esas etnias, sujetas a la actual tendencia a uniformizar el pensamiento global.

Se trata, pues, de un hombre constructor de puentes culturales o de un salvavidas lingüístico, como quiera vérsele. Otro factor cultural unificador es la sencillez, tantas veces carente de metáforas, lo cual permite una traducción mejor a otros idiomas y con ello a su posible difusión universal. Por corto, menciono uno: “Aquí estamos parados / a la orilla de los caminos / con la mirada / rota por una lágrima… y nadie nos ve”. El mejor homenaje a un autor lo constituye dar a conocer sus obras. Y hacer lo mismo con la de quienes pertenecen a su grupo humano, en este caso los indígenas guatemaltecos. Pero se necesita la decisión de ellos para salir a la calle a enfrentarse con la envidia, el rechazo, sobre todo de los propios, y utilizar en favor de la cultura guatemalteca el puente del español.