Liberal sin neo

Alexandria en el país de las maravillas

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

Saltó al escenario político en Estados Unidos para convertirse, a sus 29 años, en la congresista mujer más joven electa a la Asamblea de Representantes. Es miembro de los Socialistas Democráticos de América, del ala más izquierdista del Partido Demócrata. Es Alexandria Ocasio Cortez, darling de los medios, heroína de la izquierda Gucci y eco apocalípticos, que lleva sobre sus hombros la pesada tarea de salvar al mundo y a la humanidad.

Alexandria y el senador Ed Markey introdujeron al Congreso de EE. UU. una resolución, no proyecto de ley aún, a la que se le ha llamado “Un nuevo trato verde” (Green New Deal), una lista de ideales y deseos que hace temblar de emoción a los ambientalistas radicales, igualitaristas, utopistas y oenegeros del mundo. Es un llamado a un masivo esfuerzo gubernamental para enfrentar el cambio climático y la desigualdad económica y social que, de paso, “crearía” millones de empleos. Parece una fórmula para terminar con la maldición de la escasez que aqueja a la humanidad desde siempre. La resolución declara, entre otras cosas, que el cambio climático, la contaminación y la destrucción ambiental “ha exacerbado la sistemática injusticia racial, regional, social, ambiental y económica —“injusticias sistémicas”— afectando desproporcionalmente a comunidades indígenas, comunidades de color, comunidades de migrantes, comunidades desindustrializadas, comunidades rurales despobladas, los pobres, trabajadores de bajos ingresos, mujeres, ancianos, los carentes de vivienda, personas discapacitadas y la juventud”. El gobierno también debe “promover la justicia y la equidad al detener toda la actual, prevenir toda futura y reparar toda histórica opresión” de las comunidades enumeradas arriba.

El “nuevo trato verde” enumera una larga lista de aspiraciones que incluye el remozamiento de todos los edificios existentes y construcciones futuras para alcanzar la máxima eficiencia energética. Además, construir un sistema de alimentación más sostenible, sin vacas, dado que su flatulencia causa gases de invernadero. Eliminación de los aviones de pasajeros, educación universitaria universal gratuita, renta básica para los que no pueden o quieren trabajar, empleo sindicalizado bien remunerado garantizado, garantía de vivienda, alimentos sanos, servicios médicos, acceso a la naturaleza y una muy larga lista de beneficios.

¿Cómo se paga todo esto? ¡Fácil! El gobierno puede imprimir dinero y cobrar un impuesto de 70% a los superricos. El sueño de todo intelectual alto modernista autoritario; reinventar la civilización para crear la prosperidad universal sostenible. Daría pena ajena si no fuera porque muchas personas, incluyendo más de 50 congresistas, lo toman en serio y respaldan. Esta resolución podría ir cobrando fuerza y adeptos hasta que quizás, en un futuro no muy lejano, el gobierno mundial tenga a toda la humanidad comiendo concentrado ecológico, mientras los gobernantes y sus séquitos degustan salmón noruego.

Quizás el aspecto que más me incomoda del socialismo utópico, como el de Alexandria, es la idea que un pequeño grupo de personas tenga el poder de dictar a todos como deben vivir sus vidas, para alcanzar fines supuestamente más altos. Mucho entusiasmo y supuesto idealismo, completamente divorciado de la realidad. Sin la menor idea de costos y consecuencias no intencionadas. Los retos que enfrenta la humanidad no se resolverán por la vía del mandato, prohibición, confiscación y destrucción de la libertad individual, ese precioso estado que ha transformado al mundo en el espacio de dos siglos y medio.