Catalejo

Apatía hace temer ausentismo juvenil

Mario Antonio Sandoval

Los números oficiales otorgados por el Tribunal Supremo Electoral permiten predecir una ausencia, lamentable pero explicable, entre los grupos de jóvenes y de adultos, es decir de ciudadanos cuyas edades oscilan entre 18 y 35 años. Este grupo es importante porque sus integrantes han pasado su existencia en un país sin conflicto armado interno y con una democracia convertida, por infortunio, en un proceso electorero donde agrupaciones autonombradas partidos políticos se han disputado el poder, convertido a la vez en una licencia para delinquir, llevar a cualquiera a la presidencia y al Congreso o alcaldías. El 82% de la población incluida en esos rangos de edades no se interesa y rechaza la actividad política, convertida en pillaje y últimamente en mensajera de temas religiosos.

Las cifras tienen la particularidad de ser frías. El TSE señala (números redondos) en 7.746 millones al número de ciudadanos empadronados. Otros 2.4 millones tienen DPI pero no se han empadronado. A escasos 12 días del cierre del empadronamiento, es iluso pensar en la desaparición de ese número, pues implicaría el empadronamiento de 171,400 personas diarias, algo imposible de lograr. Este número de desinteresados en participar en las elecciones alcanza 1.95 millones de ciudadanos entre las edades mencionadas arriba, el sector mayoritario de la población. Esto reduce a 5.8 millones el número de participantes teóricos y a la vez esta cifra baja 1.7 millones si se repite el fenómeno del 30% de ausentismo de las urnas, para quedar en 3.1 millones.

Si se repiten los resultados de las elecciones anteriores, los cuatro primeros candidatos obtendrán el 80% de los votos, lo cual significa 2.5 millones. Quien tenga un total de 1.27 millones ganaría en primera vuelta. Aterrador ¿o no? En las elecciones anteriores, los candidatos Portillo, Berger, Colom y Pérez Molina ya superaron esa cifra en la primera vuelta. Es posible, entonces, y por ello los candidatos participantes por segunda vez tienen alguna mayor posibilidad porque serán recordados por los ciudadanos, mientras los primerizos, aunque tengan alguna mínima posibilidad, están condenados a desaparecer de inmediato de la historia nacional seria, y solo causarán una hilaridad histórica para quienes estudien seriamente la politiquería nacional.

Los ciudadanos entre 18 y 35 años tienen en común ser de la generación de los “milenials”, por estar acostumbrados a tener relación directa con fuentes electrónicas anónimas o poco serias de información o de mentiras presentadas como informaciones serias. Pese a ello, es error absurdo considerarlos como corderos políticos con piel de oveja y no es equivocado pensar en un posible rechazo generalizado juvenil a la politiquería, marufias, transfuguismo, nepotismo, incapacidad de actores políticos causantes de preocupación por su incapacidad o de ser simples y abyectos representantes de una vieja política dispuesta a no dejarse morir. Uno de los factores contribuyentes a esta actitud lo constituye el aparecimiento de candidatos grotescos.

Los números ya conocidos de la apatía no solo juvenil sino de otros grupos etarios, aunque sean porcentualmente poco significativos, por infortunio beneficia a los “viejos politiqueros”, a quienes la poca presencia en las urnas juega a su favor por facilitar la victoria en primera vuelta. La multiplicación de seudocandidatos, todos pocos serios, solo se explica con la participación de beneficiados con la división del voto antigobierno. Estos participantes están dispuestos a cualquier alianza o a financiar y vender su participación como minicandidatos, con la tarea precisamente de perder y así aumentar la posibilidad de victoria de quienes tienen como meta mantener al país en el fango donde se encuentra. No tenerlo claro indica una total ingenuidad, como mínimo.