Catalejo

Auschwitz, tema ajeno a los vaivenes de hoy

Mario Antonio Sandoval

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El jueves anterior, 40 jefes de Estado de todo el mundo se reunieron en Auschwitz, Polonia, símbolo de la barbarie nazi-hitleriana. El Holocausto es el peor ejemplo de genocidio —o uno de los peores— porque los judíos, por el mero hecho de serlo fueron perseguidos, encarcelados, vejados y luego asesinados en las cámaras de gas de numerosos campos de concentración regados por territorios ocupados por las fuerzas militares alemanas. Debe señalarse como víctimas adicionales a gitanos y otras personas de diferentes nacionalidades cuyo factor común era no pertenecer a la raza aria, considerada superior por uno de los personajes más siniestros de la historia humana, el psicópata Adolfo Hitler, quien por cierto no era alemán, sino austriaco, ni tampoco ario.

Han pasado 75 años desde el fin del Holocausto, comprendido entre el 30 de enero de 1933 hasta el 8 de mayo de 1945. Sus víctimas alcanzaron la pavorosa cifra de seis millones y los escasísimos sobrevivientes, gracias a la victoria de las tropas aliadas tienen edades muy cercanas a cien años, quienes aún tienen en sus brazos las ignominiosas marcas de los números tatuados por sus inhumanos captores. La conmemoración fue ensombrecida por la ausencia del presidente polaco actual, al no querer hacerlo porque uno de los oradores fue Vladimir Putin, quien en diciembre acusó a las autoridades de la Polonia de entonces de ser cómplices de los nazis y al embajador polaco de ser un “cerdo antisemita”. Política actual mezclada con una tragedia humana sin precedentes en Occidente.

No es el motivo de este artículo hablar sobre la situación política de hoy en día, sino referirme a la tragedia humana de ese holocausto, monstruoso como son todos. Las fotos tomadas por las fuerzas aliadas siguen siendo sobrecogedoras. Me afectan en especial la de los niños, los más inocentes de esas víctimas inocentes. Son expresiones de auténticos sentimientos de terror, de miedo, de inocencia. El tema ha sido motivo de numerosas películas, de las cuales recuerdo especialmente La Lista de Schlinder, El Niño de la Pajama a Rayas y La Vida es Bella, porque tratan el tema de la Segunda Guerra Mundial más allá de las acciones y personajes militares. La retratan como es: un inmenso drama humano donde victoriosos y vencidos son víctimas, por diferentes motivos.

Me pareció valiente la presencia del presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmayer, quien hablando en inglés admitió a las claras la responsabilidad de su país, aclarando tratarse de un hecho ajeno a las actuales generaciones alemanas. Podría parafrasearse la frase “culpas del tiempo son y no de Alemania”, aunque se debe señalar también al pueblo alemán como víctima, pero seguidor en esos tiempos del peor de los líderes políticos de la civilización occidental conocido hasta ese tiempo. Las víctimas son una generación ya muy disminuida en número. La verdad histórica debe aceptarse; no se puede cambiar ni tiene sentido discutirla con ese fin. Menciono esto a causa de los intentos en Guatemala de negar ciertas partes vergonzosas de nuestra historia.

En la actualidad, ya siendo Israel una potencia en tantos sentidos, la calificación de sus acciones está sujeta a esa nueva realidad. La barbarie de hace 75 años contra los judíos de la Alemania nazi es despreciable y por eso no dudo en rechazarlas. No había nacido el estado de Israel, logrado gracias a la participación activa de Guatemala, y por ello los criterios acerca de sus acciones pueden ser distintos y dependerán de posiciones ideológicas, étnicas y religiosas. Reitero: el genocidio contra los judíos fue clarísimo, sin ambages, y por eso debe ser rechazado de frente, así como otros casos ocurridos en diversos continentes las décadas posteriores al fin de la guerra y el nacimiento de grupúsculos pro nazis es una aberración, urgida de ser eliminada de inmediato.