Liberal sin neo

Cállese y obedezca

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

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El surgimiento de un virus que contagia a un significativo porcentaje de la población global, ni por asomo es un cisne negro; por el contrario, era predecible que sucediera y altamente probable que suceda a futuro. La historia verá este episodio de la humanidad con lentes más amplios que los aspectos médicos; podrá ver los efectos políticos, económicos, institucionales y culturales. Recomiendo el libro Doom: the Politics of Catastrophe, del historiador Niall Ferguson (2021), que examina el covid-19 en contexto histórico de grandes pandemias y catástrofes, analizando sus efectos e implicaciones políticas y económicas.

Un artículo de Margaret Olohan describe algunos de los pronunciamientos de expertos y autoridades que resultaron ser falsas. Al inicio del proceso, en marzo de 2020, aseguraron que era necesario el encierro casi total durante 15 días para “aplanar la curva”, aseveraron que no era recomendable el uso de mascarillas; cambiaron de opinión y se instauró la cultura de utilizarlas. Cuando surgieron las vacunas se suponía que brindaban inmunidad; ahora se sabe que no es así.

Un término que ha sido abusado como respaldo para medidas gubernamentales y la formación de opinión pública es “lo que dice la ciencia”; una alianza entre la autoridad, los expertos y los principales nodos en la diseminación de información. La ciencia no habla ni opina, no es una persona; es un proceso de descubrimiento de la verdad que depende crucialmente de debate, escrutinio, diversidad de puntos de vista y disidencia. Cuando prevalece un consenso de “los científicos”, que se vuelve intolerante, con poder para acallar y reprimir el disenso, la ciencia se detiene. Ciencia que no se puede cuestionar no es ciencia. Este fenómeno ha sido notorio durante los dos años de pandemia. Expertos en posiciones de poder e influencia crearon una narrativa de consenso represiva, hostil al disenso y cuestionamiento. Innumerables investigadores miembros de la comunidad científica han sido marginados, ridiculizados y castigados por cuestionar y proponer enfoques e interpretaciones alternativas a la narrativa. El Dr. Anthony Fauci, funcionario experto y asesor médico del presidente Biden, declaró que “si usted está en desacuerdo conmigo, está en desacuerdo con la ciencia”.

Los poderes de gobierno y burocracias, impulsados por temor, ignorancia e incentivos, se dejaron guiar por la narrativa de los expertos; han tomado decisiones radicales que afectan la vida de muchas personas, con consecuencias inadvertidas, sin evaluar potenciales costos. Los gobiernos en muchos países se han provisto de enormes poderes, autoridad y control de la sociedad, con un supuesto respaldo de la ciencia, sumado a la falta de ánimo cuestionador de los medios, provocando efectos estructurales de gran alcance.

Los principales nodos de diseminación de información y formación de opinión se unieron al consenso de la ciencia y el poder político. Gigantes como Google, Twitter, Facebook, Amazon y las principales agencias de noticias dedicaron sus algoritmos a purgar información que cuestionara la narrativa dominante y a bloquear de sus plataformas a voces disidentes. Cállese, obedezca en nombre de la ciencia y por el bien de la humanidad.

Cuestionar es vital. La alianza entre el poder, la ciencia y la diseminación de información encierra más peligros que beneficios. Es necesario permitir y estimular el debate, tanto en los aspectos puramente médicos de la pandemia como en cuestiones políticas, económicas, educativas, entre otras. Calcular beneficios requiere tomar en cuenta costos.