Catalejo

Cambios en el duelo a causa del coronavirus

Mario Antonio Sandoval

Luto es sinónimo de duelo, pena, aflicción. La muerte implica ceremonias sociales. El velorio, con familiares y amigos, hasta hace pocos años se realizaba en la casa mortuoria toda la noche y de allí salía en hombros el cortejo hacia el cementerio. Los deudos obtenían en todo esto algo de las fuerzas interiores necesarias para el inicio de esa nueva vida, y por eso era también la última mirada a quien había partido. Incluso el desahogo con las lágrimas o con el silencio es parte de la liturgia emocional necesaria a causa del inicio de ese viaje. Cuando se rompe esta tradición, se profundizan aún más el dolor, la nostalgia y hasta el arrepentimiento por acciones u omisiones.

A causa del coronavirus, invisible y escondido en personas no transmisoras, los familiares muchas veces ven por última vez a los contagiados cuando llegan o son llevados al hospital. El velorio toma 60 minutos y al entierro solo pueden ir cinco personas, escogidas entre familiares para vivir el lento proceso del cementerio de dar sepultura. Hay muchos casos de personas enterradas por las autoridades, sin conocimiento de la familia, en un derivado lógico pero muy trágico de cómo se encuentran los hospitales. Los deudos en ocasiones no informan del deceso, por temor a ser vistos como transmisores de la enfermedad, y esto también tiene el efecto de aumentar el dolor.

Las muertes a causa del coronavirus dejan de ser números, y en todos los sectores sociales emergen nombres de personas cercanas, con lo cual se amplía el convencimiento del peligro. Por eso se debe buscar ayuda psicológica, de algún consejero espiritual, de un amigo o familiar para poder entender y resignarse a la tragedia del coronavirus y las malas acciones de quienes debieron actuar mejor para contrarrestarlo. Este tema no tiene relación con la economía, ni con la enfermedad en sí, sino con lo necesario para poder seguir adelante, en una nueva normalidad basada en la partida definitiva.

 

 

El ataque de un culpable

 

Por única vez voy a referirme a Francisco Estrada-Belli, excolaborador del arqueólogo Richard Hansen y ahora con estudios propios sobre la cultura maya, de lo cual Prensa Libre y Guatevisión han informado. Debido a mi denuncia sobre el contubernio contra quien ha trabajado por cuarenta años y pese a no haber sido mencionado, se permitió el absurdo de acusar a este periódico y yo de “participar en el grupo de ricos” que apoyan al científico acosado. Nacido en Italia, ha firmado con Hansen y otros científicos varios estudios sobre temas mayas. Parte de sus trabajos los ha financiado Pacunam y debería explicar por qué se han retirado patrocinadores nacionales y extranjeros.

Algunas personas, como a mi juicio es él, cuando leen o escuchan verdades, pierden el control intelectual y recurren al insulto y la difamación, pero no aclaran si es falso lo expresado. Debería mencionar cómo fue su problema con la empresa Kelloggs, financiadora de uno de sus trabajos, por motivos de respaldo de sus gastos, pero ese es su problema. Me pregunto por qué sale a la defensiva y la única respuesta posible, a mi criterio, es saberse afectado. Para defender falsedades o versiones tergiversadas, creo, son necesarias modestas cantidades de neuronas. Con su rabieta comprobó integrar la conspiración contra Hansen, de seguro por motivaciones numismáticas.