Sin fronteras

Carreteras: La realidad lejos del circo

Pedro Pablo Solares@pepsol

Quedamos de color blanco espanto cuando las llantas del carro terminaron de rodar. Abajo, en un puente, ya en lugar más seguro, tras la precipitada colina. Veinte segundos antes, el picop de doble cabina había resbalado como patín en hielo, y dado un par de vueltas sobre su eje, hasta que la providencia lo hizo chocar contra la montaña, en vez de irse al otro lado, donde había un precipicio. Ese choque frenó el ímpetu descontrolado con que veníamos cayendo, y me regaló de nuevo el control del volante. Era un sábado por la tarde, había llovizna, como casi siempre hay a esa hora, en ese lugar. Recién habíamos parado para colaborar con los esfuerzos por rescatar a unos heridos de otro accidente; el de un microbús, que también salió patinado y se empotró en un predio. Habíamos salido después de almuerzo del municipio de Soloma, y pretendíamos llegar a la cabecera huehueteca antes de que cayera la noche. En vez, lo que casi logramos en los resbaladizos caminos de las cimas de la gran sierra, fue caer en la batalla. Cuando llegó el ajustador del seguro del vehículo —un experto en el área— nos dijo que en esa colina donde caímos hay accidentes todo el tiempo; que de hecho, le llaman la Cuesta de los Tres Padres, en honor a tres sacerdotes que, en incidentes separados, murieron embarrancados ahí.

La red vial en el departamento de Huehuetenango es un desastre de fatídico pronóstico. Raquíticos, arcaicos, esmirriados y destruidos, los caminos que comunican los 33 municipios, en su enorme mayoría, son una verdadera pena. Se suma al peligro que la mitad de la región es sede de las montañas más altas del Istmo, los grandes Cuchumatanes, que se elevan hasta casi cuatro mil metros de altura. Los caminos que la gente recorre para ir de lugar a lugar son finos hilos de tierra o asfalto destruido que bordean las montañas, donde literalmente se maneja a un suspiro del abismo. Además de la mala calidad del asfalto, se suma la falta de señalización y protección debidas, en las curvas y lugares donde embarrancarse es probable. Termina siendo como conducir en la orilla del techo de un edificio de cien pisos, pero sin ninguna barrera. Y allá arriba, la niebla y lloviznas se presentan en diaria rutina, casi en todos los meses del año. A veces las noticias del lugar llegan al resto del país con cierta sordina, pero los accidentes fatales ahí son reiterados y, con frecuencia, numerosos en su fatalidad.

Esta semana ocurrió una triste tragedia, cuando un vehículo con cuatro personas que trabajaban por los derechos humanos en la región, perdieron la vida al irse en uno de esos mencionados precipicios. Eso en la ruta nacional 9, que siendo una vía principal, carece de la más mínima protección para evitar estas fatalidades de fácil pronóstico y reparación. El accidente sucedió menos de dos meses después de que también trascendiera que, en otro accidente, 10 miembros de una familia murieron cuando viajaban para celebrar una boda en la misma ruta. Así, los caminos se van llenando de cruces puestas en recuerdo de la gente que cayó al barranco.

Ayer, ojeando las noticias, vi uno de esos circos que montan los políticos para celebrar cuando hacen algo. En esta ocasión, el libramiento de Chimaltenango: un tramo de 15 kilómetros de largo, que fue ensalzado como algo de histórico relieve. “Una obra de ingeniería sin precedentes en Centroamérica”, según el ministro Benito. Se vio luego a Jimmy Morales paseándose por el asfalto en un lujoso deportivo. Y duele que esa parafernalia suceda en paralelo con tragedias como la de esta semana en Huehuetenango, donde gente valiosa pierde la vida, por falta de cosas sencillas: barreras metálicas que protejan la vía; señales y pintura, para guiar el camino. En verdad, paren el circo, no es mucho pedir.