Catalejo

Chapulinismo politiquero y su urgente eliminación

Mario Antonio Sandoval

Publicado el

Como todos los guatemaltecos sabemos, al insecto llamado oficialmente en español saltamontes o langosta, se le relaciona con daño y destrucción. Hace miles de años protagonizó las bíblicas plagas de Egipto. En nuestro país es aceptable compararlos con los politiqueros, porque llegan en parvadas y arrasan todo a su paso; es decir, al país. Pero también porque saltan de mata en mata o vuelan por miles hasta cubrir el horizonte. A estos brincos se llama en el lenguaje político transfuguismo, término aplicado a quienes “se pasan de una ideología a otra”, como dice el Diccionario de la Lengua Española, pero se queda corto porque aquí no hay partidos ni ideologías. Solo hay pillaje, corrupción.

A partir de 1984 la integración de partidos, aparentemente difícil, tuvo efecto contraproducente con su multiplicación desmesurada para convertirlos en esas hordas actuales, ahora con el agravante de su relación directa con la corrupción y el narcotráfico, esto último ahora en casi todos los casos. Demás está recordar la cantidad de politiqueros sometidos a juicios locales —por ello fáciles de salir airosos— pero también internacionales, por lo cual las posibilidades de su condena son mucho mayores. Hasta aquí, estas palabras no señalan ninguna novedad, porque ya es vox populi, aunque en demasiadas ocasiones se aplica la lamentable costumbre guatemalteca de hablar en voz baja.

La notoria excepción son muchos de los escritos periodísticos, no solo por un gesto de valentía de los autores, sino por la libertad de expresión existente en el país y aplicada por ellos. De ahí sale la explicación a la solapada aunque creciente persecución a quienes escriben noticias, comentarios, análisis, editoriales y demás. El gobierno está consciente de ello y por eso tiene contratados a netcenteros ocultos en la cobardía del anonimato o de la publicación apócrifa, a quienes se unen personas con rencores contra este gremio o incapaces de darse cuenta de cómo, con su constante descalificación a la totalidad del trabajo periodístico, contribuyen al posible cierre de los medios profesionales, sustituidos por publicaciones cuya vía de acceso son casi siempre nefastas redes sociales.

Cuando se hace un análisis de la cantidad de saltos chapulinescos de muchos de los payasos de ese circo de mal gusto llamado Gobierno en Guatemala, sale pronto a la superficie la necesidad de una limpieza general de estos hombres corruptos, compañeros de mujeres lamentablemente convertidas en vergüenza y decepción, distintas de aquellas deseosas de participar en la verdadera política, lo cual agrega una dificultad más en un país con el machismo de este. Son muchos los casos de mujeres dignas, sin intenciones de enriquecimiento y abuso, obligadas a retirarse y por ello dejan paso a las corruptas. Los ejemplos de este último grupo lamentablemente son muchos y es innecesario señalarlos. La corrupción, no se puede olvidar, no es exclusiva de un sexo.

Para lograr el inicio de una política limpia es necesario hacer a un lado, vía una prohibición, a quienes han participado por más de un tiempo determinado —diez, veinte años— en la politiquería y a sus “partidos”. Es la única forma de convencer a personas con el entusiasmo de la juventud y con posibilidades y estudios teóricos. Esa limpieza debe incluir al Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia y la Corte de Constitucionalidad. Habrá algunos casos de injusticia, sin duda, pero el derecho de los habitantes a tener esperanza gracias a los cambios fundamentales mencionados tiene un nivel superior al de quienes merecen castigo por haberse burlado de las leyes. Repitiendo lo ocurrido luego del serranazo, deben ser declarados depurables.