Economía para todos

Chiantleco fusilado en Huehuetenango

José Molina Calderón josemolina@live.com

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El libro de Rubén Rivas Alvarado Memorias y Recuerdos de Huehuetenango 1906-1920, cuya edición estuvo a mi cargo, es un relato agradable de la vida en provincia en el período analizado.

Un hecho que a mí me relató directamente don Rubén y que dejó plasmado en sus memorias fue el siguiente:
Yo no fui testigo de este aciago acontecimiento —el fusilamiento de Juan José Rodil Cabrera—, pero ya de vuelta a la Escuela Práctica nos llevaron poco tiempo después a presenciar un espectáculo bárbaro: fusilamiento de un hombre —un hombrazo— de origen chiantleco que se llamó Nicolás del Valle. Había sido capturado también en la frontera. A los alumnos de las escuelas nos formaron atrás de la tropa, en cuyas filas iba el sentenciado atado de manos a la espalda y una pesada cadena que de la cintura le bajaba a un tobillo. Fue fusilado en un predio que todavía le llamaban El Marquezote, cuando antiguamente se celebraba el carnaval, pero desde esa fatídica fecha solo queda el lóbrego recuerdo.

En el frente de esta plazoleta estaban alrededor de una mesa el Tribunal Militar y el cuadro formado por la tropa. Desgraciadamente, por su grado militar, mi padre, con su escolta respectiva, portaba el pabellón nacional, bajo cuyos pliegues hicieron desfilar al reo con la cabeza descubierta, leyeron la sentencia en medio de aquel silencio sepulcral. Un capitán con la espada a la altura de la cintura, al mando de un pequeño pelotón de tropa, se paró en las cuatro esquinas del cuadro y advirtió en voz alta ¡A-ten-ción! ¡Por la Nación, cualquiera que levante la voz, pidiendo gracia para el reo, será pasado por las armas!, seguido por el redoblar del tambor. Cuando colocaron al reo junto a la pared, frente al pelotón, fue interrogado respecto de su última voluntad. Serenamente, con voz entera de hombre valiente: “Perdono a mis ejecutantes porque no son culpables. Sololo les suplico le apunten al pecho y no me toquen la cara”.

Cuando don Rubén me relató este hecho, agregó que al pasar el desfile enfrente de la casa de mi abuelo Santiago Molina Mazariegos, el reo Nicolás del Valle saludó a mi abuelo y le dijo: Buenos días don Santiago. Este lo que hizo fue levantar ligeramente el sombrero como un saludo. Ya en el momento del fusilamiento se dio la orden de fuego mediante dos descargas. El médico, Dr. Mariano Mazariegos, que fue el director del Hospital Nacional, indicó que aún le palpitaba el corazón. Por esa razón se le dio el tiro de gracia.

Don Rubén narraba que se les hizo presenciar a los niños de las escuelas este horrible espectáculo “para que tomáramos un ejemplo” ¿De qué?

Al regresar de Aguacatán cuenta don Rubén que le sorprendió el alumbrado eléctrico, que lo suministraba el Molino Eléctrico El Progreso, de don Luis G. Cordero, generando la electricidad desde un sitio cercano llamado Los Regadíos.

Don Luis G. Cordero era mexicano y se hizo socio con mi abuelo, Santiago Molina Mazariegos. Don Luis tuvo que regresar a México y vendió al socio la mitad del negocio, quedándole a mi abuelo en propiedad Los Regadíos y el Molino Eléctrico El Progreso, instalaciones que conocí en la década de 1950. Más adelante, el siguiente propietario de El Molino, Carlos Molina Rosal, hijo de Santiago Molina Calderón y nieto de don Santiago Molina Mazariegos, donó el agua a la Municipalidad.