Cable a tierra

Chiapas hizo bien

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Visité recientemente el estado mexicano de Chiapas y recorrí una pequeña fracción del enorme territorio que alguna vez fuera parte del Reyno de Goathemala, y que luego de los procesos independentistas del siglo XIX, optó por anexarse a México. Chiapas tiene una extensión de 73,211 kilómetros cuadrados, equivalente al 68% de la extensión territorial de toda Guatemala, y es habitada por unos seis millones de personas; o sea, un tercio de lo que se estima —aún no tenemos censo actualizado— podría ser la población total de nuestro país a la fecha.

Durante miles de años ha estado habitado por una diversidad de pueblos y culturas indígenas. De hecho, el estado toma su nombre de los indígenas Chiapa, uno de los grupos étnicoculturales que habitaba el territorio cuando llegaron los españoles en el siglo XVI. Siguiendo los patrones de segregación y discriminación ampliamente practicados en la Mesoamérica colonizada, los españoles fundaron dos asentamientos: Chiapa de los Indios —Chiapa de Corzo, como se le conoce actualmente— y Chiapa de los Españoles, que es la hermosa ciudad que ahora se llama San Cristóbal de las Casas. Posteriormente, todo el estado adoptaría el nombre.

Chiapas ocupa el último lugar (32) en el índice desarrollo humano (IDH) de la federación mexicana. En el 2018, la Ciudad de México tuvo un IDH de 0.830, que lo ubica en la categoría de desarrollo humano muy alto, mientras Chiapas se ubicó en el último puesto con 0.7, un nivel de desarrollo humano intermedio. No puedo evitar entristecerme al recordar que en Guatemala, el IDH global nacional apenas alcanzó 0.650 en el 2017. ¡El estado que tiene las peores condiciones de desarrollo humano de todo México, tiene un IDH mucho mejor que el de nuestro país! Sin contar las disparidades internas entre departamentos. Peor aún, mientras los chiapanecos han ido mejorando su indicador del 2010 a la fecha, en Guatemala, entre el 2014 y el 2018, la tendencia es al estancamiento en el IDH, con algunos de sus subíndices en regresión.

La vista engaña al cruzar las fronteras de La Mesilla y de Ciudad Cuahutémoc, pues ambas padecen casi de los mismos problemas de falta de infraestructura y recursos humanos. Una vez se supera este valladar, la diferencia entre el progreso chiapaneco y el retroceso guatemalteco comienza a hacerse evidente: una autopista que da verdadera envidia a quienes vivimos de este lado de la frontera. Con contadas excepciones, no se encuentran construcciones ni viviendas asentadas a la orilla; la rodadura nítida y súper bien señalizada. Ciertamente es una ventaja la topografía plana de los enormes valles, pero lo relevante es la inversión hecha por el Estado y el Gobierno Federal: infraestructura vial, ordenamiento territorial y electrificación. Los poblados en el camino se ven limpios y ordenados; dan la espalda a la carretera. Y cuando uno llega a las ciudades principales de esa parte del estado, Comitán y San Cristóbal de las Casas, la maravilla invade irremediablemente al ver el magnífico trabajo de protección del patrimonio, ordenamiento urbano e inversión en calidad de vida en las ciudades que están haciendo. Los chiapanecos que viven en las ciudades se desplazan por ellas sin los atropellamientos vehiculares que vemos acá ya hasta en los más pequeños lugares poblados, por la falta de ordenamiento urbano y aplicación de la ley y normas básicas de vialidad.

Ciudades como Antigua y Quetzaltenango tienen mucho que aprender de lo que se hace en Chiapas. Ya no hablemos de Costa Rica; si al menos lográramos como país lo que está haciendo Chiapas, otro gallo cantaría. Inevitable pensar que tomaron la decisión correcta hace casi 200 años.