Catalejo

Cómo asegurar la segunda vuelta

Mario Antonio Sandoval

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Mario Antonio Sandoval

Los guatemaltecos, a partir del inicio en 1984 de la etapa de gobiernos electos sin razones para sospechar nada ilegal, tienen en su subconsciente pensar y aceptar la existencia de dos vueltas electorales. En la primera participan todos, incluyendo quienes sólo hacen el ridículo, para luego escoger a los dos primeros en la segunda y valedera elección. Hasta ahora, ningún partido político había tomado en cuenta la posibilidad, mínima pero existente, de una victoria en la primera vuelta. Sin embargo, en el actual proceso electoral se evidencia el plan del partido UNE para lograr esa victoria y de esa manera asegurar cuatro años de continuación del pillaje al Estado, característico del gobierno de Álvaro Colom, cuando la ahora candidata Torres ejerció una presidencia de facto.

La Ley Electoral ha tenido cambios a lo largo de los años. Al principio, sólo se tomaban en cuenta los votos válidos para el cálculo de la posible mayoría absoluta en primera vuelta. No contaban los nulos ni los depositados en blanco. Esto provocaba un beneficio para los partidos cuando disminuía el número de participantes, porque esa mitad más uno necesitaba de menos votos favorables. Ejemplo: si de una población de cuatro millones de posibles votos válidos solamente votaban válidamente un millón, el candidato con medio millón de sufragios más uno ganaba en primera vuelta. Aun así, se trataba de una meta muy difícil de alcanzar, a lo cual contribuía la superpoblación de pequeñas hordas políticas participantes. Pero la posibilidad estaba allí.

La nueva ley tiene un cambio importante para el cálculo de esa mitad más uno, pues ahora la cifra incluirá los votos válidos, los blancos y los nulos. Ese criterio considera participantes a quienes se acercaron a las urnas, y por ello tiene justificación una nueva posibilidad: si los votos nulos tienen mayor cantidad a la suma total de los depositados en favor de los candidatos, se repite la elección. Ahora es una posibilidad prácticamente imposible en la elección presidencial, pero tiene más posibilidades en caso de alcaldías de muchos de los municipios situados en la ahora llamada “Guatemala profunda”, aunque geográficamente estén cerca del área metropolitana o de las ciudades departamentales. Faltan algunos importantes detalles, pero es suficientemente claro.

En la primera vuelta, el voto puede ser motivado por: a) apoyo a quien es aspirante; b) rechazo a alguno de ellos; c) pertenencia al partido. En la segunda, son tres: apoyo al aspirante, convencimiento de ser el “desánimo absoluto ante lo menos malo”, o abierto rechazo al contrincante. Esto último fue la razón de la victoria del desconocido e inexperto Jimmy Morales, por decirlo mínimo, y por ello no es garantía de escoger bien. Para el aspirante derrotado, la evidencia de ese voto de rechazo puede provocar a su vez un desánimo absoluto, o lo contrario: despertar aun más las ambiciones y la vanidad exacerbadas, así como una ceguera ante la evidente adversidad, la cual viene acompañada de desaliento en la expresión al presentarse en los mítines.

El ciudadano tiene un arma poderosísima para enterrar la posibilidad de esa victoria en primera vuelta, y es el simple hecho de su participación. No importa por quién vote ni el resultado de la elección de primera vuelta. Lo importante es afianzar la imposibilidad de hacer innecesaria la segunda. Este pensamiento conlleva otro: comprender el efecto no esperado de la ausencia de las urnas: facilitar aunque sea en algo la victoria de quien tiene el dudoso honor de ser la candidata con mayor cantidad de motivos legales y sobre todo éticos para participar. Este pensamiento debe ser afianzado entre los votantes jóvenes (menos de 34 años), por ser el mayor segmento de la población. No hay por dónde perderse. Con más votos se minimizan las posibilidades de no haber segunda vuelta.