Con nombre propio

¿Compartir o consumir?

Alejandro Balsells Conde @Alex_balsells

En el día a día decimos palabras, pero poco nos ocupamos de su significado o de cuestionarnos de dónde vienen. El idioma no es más que una muestra evolutiva de la forma de expresarnos y las palabras se forman de lo que vemos y sentimos; por ejemplo, compartir nos viene del latín, y significa “partir con los que están cerca”, mientras que consumir viene también del latín y apunta a “agotar o desgastar”.

Diciembre y las navidades es una época cargada de alegría, pero también de melancolía y presiones. Melancolía por múltiples motivos que la vida nos lega, como pueden ser la niñez que se ha ido, la compañía perdida por quien se nos adelantó en una ruta que todos tomaremos, o en un país como el nuestro donde la migración es el fenómeno recurrente, la distancia al dividir familias, entre tantas otras razones, pero también existen presiones porque se nos ha metido hasta la médula que debemos gastar hasta lo que no tenemos.

Al ver el tránsito en estas épocas y, sobre todo, las caras de aflicción cerca de los grandes centros comerciales y estacionamientos, sí conviene repensar si nuestra preocupación es compartir o consumir. Si vamos a la enseñanza cristiana, Jesús nace en un pesebre, justo durante un largo viaje de sus padres, que debían empadronarse por orden imperial. Un buey y una mula le brindaron calor y así fue como el patojo pudo, en plena época fría, sortear la suerte que desde su primer momento en esta tierra lo obligó a enfrentar a Herodes, quien los buscaba para matarlo.

Sin importar la religión o creencia que tengamos, la visión cristiana del mundo se traduce en “amar a tu prójimo como a ti mismo”. Si es así, lo que empezó en un momento como un “detallito” para regalar en navidades se ha traducido en una catarata de gasto y aflicción que poco espacio deja para expresar los sentimientos a nuestra gente y, como paradoja, nos coloca cada vez más lejos de esta visión original que nos pide compartir y agradecer en paz.

Jesús sacó a los mercaderes del templo, y en el relato se registra un Jesús con ira, con enojo, pero sobre todo con gran frustración porque un lugar sagrado se había convertido en un mercado donde lo que menos importaba era la razón del mismo templo. Esto es bueno traerlo a la mente porque si en Guatemala los cristianos somos ostensible mayoría, ¿por qué entonces no existe una “común unión” entre todos? Monseñor Ramazzini, el domingo recién pasado, en Con Criterio nos lo explicaba: porque no hay un evangelio vivo, y curas, pastores y feligreses hemos fallado.

Así como compartir significa partir (lo que tenemos) con quien está cerca y consumir es agotar, sin duda conviene hacer un alto y redescubrir la Navidad, sin importar la religión que podamos profesar, porque es una fecha adoptada por buena parte de la humanidad para brindar una oportunidad para agradecer y compartir. Muchos pueden no creer en Dios, pero nadie puede dejar de creer en el amor.

Así como hemos perdido la noción de las palabras y los conceptos, hemos dejado que sea el mercado quien llene corazones vacíos y que se satisfacen con el minuto de consumismo para luego enfrentar dificultades para hacerle frente a los gastos.

La Navidad no puede ser esta catarata de derroche que hemos construido en una sociedad donde la pizca de solidaridad es artículo de lujo y donde una “mayoría cristiana” no hace más que ocupar el templo que, de seguro, si el Colochón volviera, de nuevo a patadas nos sacaría. Ojalá lo comprendamos. ¡Feliz Navidad!