Catalejo

Complicaciones por el “aspirantero”

Mario Antonio Sandoval

Así como la palabra “zompopero” significa un lugar lleno de zompopos, se puede aplicar una nueva, “aspirantero”, a la multiplicidad de aspirantes a la Presidencia de la República, a causa del papel de comparsas autoasignados por quienes encendidos en patio ardimiento descubren ser ellos el mago Merlín tropical poseedor de una varita mágica para arreglar todos los problemas. Este “zompoperismo” político se debe, además, al remanente convencimiento de la monarquía absoluta también tropical. Su ilusa posición no les permite darse cuenta de la necesidad urgente de tener equipo y de contar con apoyo de diputados propios en el Congreso. Al no tenerlo, quien gana y además es un llanero solitario no puede evitar abrir la puerta a tránsfugas de toda calaña.

Muchas son las malas consecuencias de tal proliferación de gente dispuesta a “sacrificarse por la Patria”. Doy el ejemplo de las presentaciones de los candidatos en foros y en programas radiales o televisados. Es escaso el tiempo para la presentación de la totalidad de ellos, y por eso se necesitan casi dos docenas de presentaciones en los medios. Ni siquiera el orden alfabético para invitarlos garantiza la conformidad de los participantes, mucho menos si se decide hacerlo según el porcentaje de intención de voto reflejado en las encuestas, porque estas serán sistemáticamente rechazadas y objeto de descalificaciones, aunque sea imposible descalificarlas válidamente. Peor aún: es imposible dejar de dar ese servicio a los ciudadanos interesados en participar.

La historia demuestra con claridad el repetitivo resultado de un 80% de votos para los cuatro primeros lugares, y los aspirantes sin ninguna posibilidad de ganancia se quedarán con partidos condenados a morir al no poder saltar el terrible obstáculo del 5% de los votos en los comicios o la colocación de al menos un candidato en el Congreso de la República. Al analizar el listado actual, es claro el alto porcentaje de aspirantes cuyas ideas, si existen, no tienen oportunidad de convencer a suficientes votantes, grupo amorfo y por infortunio no acostumbrado a pensar en argumentos de fondo, sino a hacer caso de quienes regalan camisas y hacer presentaciones poco serias. Ya se llegó al colmo un candidato “superhéroe” en tira cómica. Patéticamente ridículo…

El aspirantero, además, aburre. Hastía. Provoca sospechas justificadas. Son demasiados los casos recientes de partiditos y de candidatitos. La falta de una tradición partidista en el país, más el criterio de obtener la victoria política en base a regalar camisetas, conspiran contra la necesidad de crear instituciones políticas cuyo fin sea permanecer en el tiempo, sobrepasar la vida de quien o quienes los engendraron. En Colombia, por ejemplo, los dos partidos principales tienen casi dos siglos de existencia. Ello no necesariamente implica perfección de los políticos colombianos, ni mucho menos, pero todos ellos llegan a las candidaturas luego de su trayectoria en una institución política cuya historia implica responsabilidad. En Guatemala es simplemente imposible.

Talvez el peor efecto recaerá en el mayoritario segmento de ciudadanos entre 18 y 30 años. Están relacionados gracias a los medios electrónicos y las peligrosísimas redes sociales a toda clase de información tanto de Guatemala como del mundo. Si pueden ver en directo un partido de la liga española, por ejemplo, se acostumbran a su calidad y tendrán poca motivación para ir al estadio Doroteo Guamuch. Una forma de hacerlos interesarse es aplicar dosis de gamezán político a los inspirados, y esto viene en la forma de colocar cortapisas justificadas, requisitos más difíciles de llenar y veda a la participación de personajes con historial transfuguista o de ruptura y burla de las leyes. Si no se hace, el avance del país es imposible.