Catalejo

Coronavirus, daga contra el petróleo

Mario Antonio Sandoval

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La pandemia del coronavirus, impensable hasta hace menos de dos meses, ha obligado a los seres humanos a no sorprenderse porque se trata de algo solo imaginado en la ciencia ficción. Ya nos acostumbró a la idea de la posibilidad real de la muerte de cientos, miles de millones de seres humanos. Nos demostró la debilidad de algunas de las bases de una indudable solidez de la supremacía del ser humano como rey de la creación. Pero aún se esperaba lo súper imposible: el derrumbe de los precios del petróleo, centro de la actividad humana, desde los combustibles hasta el plástico, con su miríada de aplicaciones, por decir solo dos ejemplos. Pero de pronto el mundo escuchó estupefacto la noticia de la caída, virtualmente en pocas horas, de los precios del petróleo a causa del impacto de la pandemia mayor de la historia humana.

El lunes, el precio estuvo al -2%, negativo, y aunque ayer ya se hablaba del inicio de una recuperación, se agrietó la barrera del absurdo: productores pagando a los clientes para venderles petróleo porque simplemente ya no hay dónde almacenarlo. Los ciudadanos del mundo no entienden las interioridades del proceso de la de sustracción, traslado, refinamiento, etcétera, pero sí entienden el derrumbe de esos precios porque a causa del confinamiento generalizado en el mundo la demanda disminuyó, el petróleo listo para su venta aumentó y los precios cayeron. Lo sorprendente no es el hecho de la caída, sino la velocidad y profundidad de esta. Falta ahora comprender los riesgos adicionales de ese fenómeno económico, y este tiene mucha relación con la geopolítica.

Los países árabes, Venezuela, Ecuador, México y Rusia —sobre todo— se beneficiaron desde el aumento en 1973 de los precios a través de la Organización de Países Productores de Petróleo, convertida en el ejemplo más claro de un cartel. Pero la enorme elevación de los precios del petróleo hizo interesarse a numerosos otros países comenzar a participar, con la idea de no depender del extranjero para adquirirlo, o de buscar beneficios al venderlo a menores precios, siguiendo las leyes de la oferta y la demanda. Estados Unidos, astutamente, comenzó a comprar petróleo extranjero para guardar el propio como una reserva defensiva en caso de necesidad. Pasaron los años y ahora esos países productores ya están teniendo problemas para vender su producto.

Estados Unidos observa cómo el valor de sus reservas se afecta. Si se agrega la aplicación de otras fuentes de energía, del aire, del sol o de volcanes, se puede comprender la debilidad de la columna económica del petróleo, ahora manifestada con claridad por un virus en cuya propagación tiene una gran responsabilidad China, el país donde se propagó a causa de descuidos y de negación de admitir los errores. Para este gigante comunista asiático, la pérdida de vidas humanas es irrelevante al compararla con su población de algo más de 1,400 millones de habitantes, pero especialmente el ser una tiranía comunista donde la verdad oficial es la única, y no pueden comprender sus autoridades, de mentalidad antidemocrática, la crítica de la sociedad occidental.

El coronavirus es una daga contra el petróleo, como lo es para muchos de los criterios tanto del comunismo como del capitalismo salvaje y depredador. El respeto a la naturaleza ya dejó de ser un romanticismo para convertirse en una urgencia. Es aleccionador ver videos de una orca paseándose por un estacionamiento de yates, o una medusa dando vueltas por un canal de Venecia. Al petróleo, como a muchos factores de la derrochadora vida humana de estas últimas cinco o seis décadas, le tocará ser empleado de manera y con fines distintos. Lo ocurrido con el exoro negro, aunque sea brevemente, significará un cambio fundamental para la manera como el ser humano se relaciona con su planeta, y cómo ha sido un error trágico colocar a la ciencia al servicio de un mal entendido progreso.