Catalejo

Corruptos y sus familias, una amarga Navidad

Mario Antonio Sandoval

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Es necesario preguntarse cómo pasarán la Navidad los corruptos y sus familias, en vista de la enorme cantidad de evidentes, constantes, variadas e imparables muestras de corrupción, una lacra cada vez más profunda y manifestada claramente en la forma como es practicada la actividad política en Guatemala. Si bien la corrupción es milenaria y generalizada, en nuestro país ha ascendido en una forma casi increíble, como lo señalan y comprueban los analistas de prensa, los tanques de pensamiento, algunas instituciones académicas, así como últimamente los mismos ciudadanos. Al acercarse la Navidad creo necesario hablar sobre la forma en que los nuevos políticos han manoseado el sentido espiritual de la celebración, además de mezclar religión con política.

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, dice el viejo refrán. Bastó una única conversación con Jimmy Morales, cuando siendo candidato me pidió cita en Guatevisión, para darme cuenta de la falsedad de su mensaje: en veinte minutos ya había mencionado cuatro veces a Dios y sonaba –por serlo— falso, forzado, con el fin de impresionarme, lo cual no tenía posibilidad de lograr. Ya presidente, me pareció fuera de lugar una bendición múltiple de pastores protestantes. Me pasa igual cuando escucho a Alejandro Giammattei pidiendo bendiciones para Guatemala. La ética religiosa requiere un camino angosto y la ética política cabe en uno ancho. Religión y política no se mezclan.

Todos los días la prensa informa de nuevos descubrimientos de corrupción, de robos, de acciones de moral elástica entre los funcionarios y muchas veces de quienes se relacionan con ellos. A los aludidos no les puede importar menos, y siguen adelante. A sus familiares, sobre todo jóvenes, sí les importa, porque son víctimas de burlas. No pueden admitir, por ejemplo, cómo pudo ser posible la exigencia de pagar impuestos a donaciones de productos alimenticios llegados a una frontera con El Salvador. La corrupción ha llegado a extremos como ese, como el de embolsarse mucho del dinero destinado para víctimas tanto del coronavirus como las urgidas de asistencia a causa de los enormes daños causados por las depresiones tropicales Eta e Iota.

Los corruptos y sus cómplices celebrarán la Navidad con licores, regalos y comida de primer nivel. No pensarán en el origen de los fondos utilizados en esa forma, ni en inmoralidades como no pagar sus sueldos a los médicos y enfermeras de hospitales públicos, a quienes trabajan en entidades de servicio, de la burocracia de bajos sueldos. No sentirán un atisbo de dolor cuando sus hijos o nietos les pregunten por qué actuaron así, manchando el nombre familiar. Pero puede suceder —solo es una mínima posibilidad— que algún día entiendan la imposibilidad de mirar a los ojos a las personas, sobre todo a quienes ahora tienen poco para comer debido a esa inhumanidad por la cual Guatemala está como está y es el país con peor gobierno del continente.

Navidad es una época propicia para el regreso de todo tipo de sentimientos y pensar en decisiones y cambios. Este 2020 —aciago: infausto, infeliz, desgraciado, de mal agüero— ha obligado a regresar a las bases de esta mística celebración para retrocederla a sus motivos de unidad familiar, de tradiciones propias, no de un simple intercambio de regalos o de implantación de costumbres ajenas, cuyo efecto es eliminar la cultura propia. Una de las formas de lograrlo es sacar al corrupto de nuestro círculo cercano y no aceptarlo. Estas reflexiones parecerán no tener conexión con los temas navideños, pero a mi juicio sí los tienen, porque aceptar a esta gente es convertirse en cómplice de un delito contrario al espíritu de lograr la paz por tener buena voluntad.