La buena noticia

Creer para salvarse

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

El acto de fe es constitutivo de la identidad cristiana. Una persona comienza a ser cristiano por medio del acto de fe inicial, expresado en el bautismo, que luego madurará a través del crecimiento espiritual. Pero ¿en qué consiste el acto de fe? Conviene aclararlo pues uno escucha a veces descripciones de la fe que en realidad son distorsiones de lo que “en católico” entendemos por fe. Creer sería el acto por el cual acepto como verdaderas unas doctrinas incomprensibles; o creer sería afirmar la realidad de entidades invisibles porque así lo enseña la Biblia. Estas descripciones excluyen la razón del acto de fe. Pero no hay nada más ajeno a la concepción católica de la fe que la exclusión de la razón del proceso de creer. Precisamente uno de los rasgos del catolicismo es su confianza en la razón humana para conocer la verdad. En la tradición católica decimos “creo para entender” y “entiendo para creer”. O como enseñaba san Juan Pablo II en su luminosa encíclica Fe y Razón, ambas son las alas con las que vuela el espíritu humano.

En el libro del Deuteronomio 26, 1-11, hay una instrucción acerca de cómo debía proceder el israelita para la presentación de las primicias de sus cosechas. Este pasaje nos ilustra en qué consiste el acto de fe, con la salvedad de que en el Antiguo Testamento la salvación era muy de este mundo. Dios había salvado al pueblo de Israel liberándolo de la esclavitud y otorgándole una vida en paz, en un territorio propio, con gobernantes responsables de garantizar la seguridad de las fronteras, de modo que cada israelita pudiera cultivar su tierra y obtener así el sustento para sí y su familia. El israelita, al cosechar los frutos de su tierra, experimentaba en su propia vida los beneficios de aquellos acontecimientos que habían ocurrido siglos antes. Por eso presentaba sus primicias como testimonio de que reconocía que se beneficiaba hoy de una salvación realizada antiguamente. “El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo protector, entre señales y portentos; nos trajo a este país y nos dio esta tierra que mana leche y miel. Por eso ahora yo traigo aquí las primicias de la tierra, que tú, Señor me has dado”. El israelita narraba los acontecimientos por medio de los cuales Dios había realizado la salvación y se colocaba a la luz de esa historia, entendía su presente y los beneficios actuales como consecuencia de esa historia de Dios con su pueblo.

Nuestra fe cristiana tiene la misma estructura. La diferencia está en que la obra salvadora de Dios ya no es el establecimiento de un régimen político justo y la articulación de una economía incluyente. Esas son metas al alcance del esfuerzo humano. En el régimen cristiano, Dios salva de situaciones de las que solo Él puede librar: la muerte inevitable que socava el sentido de la vida y las acciones equivocadas y ruinosas que hipotecan el futuro personal. Cristo compartió nuestra muerte y, al resucitar, quebrantó la naturaleza definitiva de la muerte. Hizo asequible el perdón de Dios que libera a quien se arrepiente de la deuda del pasado pecador. Nuestra canasta de primicias es la alegría de una vida con sentido y esperanza. Cuando nosotros recitamos nuestro credo, contamos la historia de las obras de Dios por nosotros: Él creó el mundo, envió a su Hijo nacido de mujer, quien murió y resucitó y por medio de su Espíritu Santo estableció la Iglesia y santificó a los fieles para la vida eterna. La fe consiste en la decisión de asumir esa historia de Dios como referencia que da sentido a nuestra vida, personal y comunitaria. Si vivimos en coherencia con esa historia, tendremos fe y obtendremos la salvación.