Catalejo

Crímenes contra el arte matan algo de la Historia

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Hace algunos días, en una casa no identificada de la zona 10 o 15 de la capital, la Policía halló varios retazos de una obra del mejor pintor guatemalteco del siglo XVII, Tomás de Merlo —hijo, hermano y padre de pintores—, robada en el 2014 de la iglesia del Calvario de Antigua Guatemala. Se une a hechos similares de otras obras, de esa etapa, casi todas religiosas, así como las estelas y demás manifestaciones de la cultura maya en Petén. Si son trasladadas a otro lugar, sin destruirlas, se trata de delitos históricos, y son de crímenes, ambos históricos, cuando son serruchadas, tijereteadas y partidas en pedazos. A causa de ello, deben hacerse públicos los nombres de quienes las poseen, por ser inaceptable la excusa de haberlas encontrado y/o comprado a alguien.

Quien tiene a su cargo el cuidado de ese arte, consistente en pinturas, esculturas, imágenes, etcétera, y pertenece a un grupo religioso o trabaja en museos nacionales, necesita poseer plena conciencia y responsabilidad de este valor histórico, por irrepetible. De las artes, la obra de pintores y escultores están inmersas en más peligro, porque son valuadas dentro y fuera de Guatemala por los coleccionistas privados y de museos. Existen bandas especializadas y muchas veces se trata precisamente de conocedores dedicados a lucrar con la Historia mundial. Cada vez crecen más las presiones para ser devueltas por los museos, sobre todo europeos y estadounidenses, aunque es una lucha muy difícil por ser instituciones famosas y poderosas en todo el mundo.

El tema del valor del arte en comparación con el de la vida humana, ha sido tratado en la literatura y el cine. Una película de 1964, con Burt Lancaster y Jeanne Moreau, fue mi primera experiencia sobre este tema. Un tren de obras de arte francesas va rumbo a Berlín, y dicho actor duda en mandar a morir a sus hombres para detenerlo y salvar las obras. Ella es curadora del museo de donde han sido robadas. Y una frase impresionante decía: “las obras durarán cientos de años, pero los miembros de la resistencia pueden vivir un par de días”. Topkapi (también de 1964) narró el intento de robo de una banda de sofisticados ladrones de arte, de una histórica daga con piedras preciosas guardada en un museo de Estambul. Las recomiendo por su gran calidad.

Entre las peores motivaciones para destruir la Historia de esta forma está el fanatismo religioso. En el 2001, para “combatir la idolatría” los talibanes destruyeron a cañonazos dos budas gigantes de 55 metros de altura y 1,500 años de antigüedad, patrimonio de la Humanidad. Los conquistadores españoles destruyeron códices e ídolos, con mentalidad del siglo XVI. También la guerra destruye la Historia: de 1939 a 1945, las bombas lanzadas por aviones acabaron con catedrales góticas. Un caso terrible fue el bombardeo aéreo específico de los aliados en 1944 contra el monasterio benedictino de Monte Casino, del siglo VI, donde los alemanes se habían refugiado. Posteriormente fue declarada victoria pírrica y el monasterio reconstruido, ya sin valor histórico.

Dentro del cristianismo hay casos increíbles. Por alguna confusión en los términos venerar y adorar, algunos grupos no católicos califican a las imágenes de Cristo, la Virgen María y los santos, como ídolos (deidades, es decir seres divinos o dioses). En algunos casos, el cambio de religión conlleva el crimen histórico de destrucción de imágenes de santos, quienes no son dioses. Hay un caso de un oscuro expresidente cuyo cambio le hizo destruir, sin siquiera vender, a los santos de la familia. Menciono estos ejemplos para comprobar cómo a través de tantas acciones humanas se pueden cometer delitos y crímenes contra la Historia, y por qué quienes los cometen merecen castigo aunque no necesariamente signifiquen la pérdida de una vida humana.