De mis notas

De mercados libres y proteccionismos

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

El pasado miércoles, la cena mensual con viejos amigos se tornó acalorada. El debate giraba alrededor de “libre mercado” y de si Trump tenía razón en renegociar acuerdos comerciales con diversos países e imponer aranceles, especialmente a los productos chinos.

Aun cuando todos somos viejos suscritos de la economía austriaca y, por ende, creyentes en la economía de mercado, con gobierno limitado, que respete la libertad individual, la propiedad privada, etc., la discusión tomó un giro inesperado cuando salió a colación si la preeminencia en las políticas comerciales siempre debería tenerla el consumidor, dado que hay asimetrías de diversa índole en los mercados globales que afectan a los productores locales: escalas salariales, subsidios, devaluaciones, aranceles, contrabando, etc.

Todos estuvimos de acuerdo en que el proteccionismo destruye la prosperidad económica. Que la prosperidad solo puede darse en una economía de mercado en la que cada persona, región y país, produciendo lo que se le da mejor dentro de sus particulares ventanas de oportunidad y eficiencia de producción, e intercambiando esa producción por los bienes y servicios de otros en mejores condiciones de precio y calidad, es que realmente progresa.

Murray Rothbard, en un interesante artículo denominado Cómo ver los aranceles señala que, sin la división del trabajo y el comercio basado en esa división, la restricción coactiva al comercio perjudica, obstaculiza y destruye el libre intercambio comercial y, por ende, limita el desarrollo económico y la prosperidad del ciudadano.

Es de comprobada realidad que el proteccionismo, al conferir privilegios especiales permanentes a grupos de productores ineficientes, lo único que hace es afectar al consumidor porque al limitar la oferta de los servicios o productos que podría adquirir libremente, si los tuviera, le resta su libertad individual de escoger lo que más le conviene en términos de precio y calidad, teniendo que pagar ese diferencial arancelario de su propio bolsillo.
Lo que sí hay que combatir es el contrabando. Es una competencia desleal. La pregunta que siempre hacemos es: ¿Por qué todos los gobiernos no hacen algo para eliminarlo verdaderamente, aplicando el poder coercitivo de la ley? Ahí están a la luz del día, pasando barcas flotantes todos los días. Recientemente los contrabandistas tuvieron la osadía de tomar la aduana por la fuerza, vapulear a los agentes aduaneros y recobrar la mercadería confiscada.

La mejor manera de ayudar al productor nacional es no estorbarlo, ayudarlo a producir, devolverle su IVA a tiempo, eliminar la traba torpe y el trámite corrupto para obtener permisos y licencias. Se le ayuda generando certeza jurídica y un ambiente de propicio para la inversión y, por ende, la generación de empleo. Y démosle gracias por las asimetrías con otros países, con tipos de cambio, subsidios y escalas salariales que favorecen al consumidor, ofreciéndonos una mayor oferta de productos a mejores precios y calidades.

No pocas veces se ha pretendido controlar precios. El resultado ha sido escasez y mayores precios. El Ministerio de Economía sabe perfectamente de lo que estamos hablando. Los proteccionismos son una afrenta para el consumidor, pues restringe su libertad de comprar el producto legalmente importado de la calidad y precio de su preferencia.

Nadie como el economista Henry Hazlitt para explicar principios elementales de la economía. En su famoso libro La economía en una lección”, dice lo siguiente: “Con relación al sofisma que las tarifas arancelarias, proporcionan empleo, aumentan los salarios o protegen el nivel de vida norteamericano. Para nada de esto sirven, y en lo que se refiere a salarios y nivel de vida sus efectos son, sencillamente, contraproducentes”.