Catalejo

Decisiones del diálogo deben ser vinculantes

Mario Antonio Sandoval

Está de moda el diálogo, sobre todo en temas políticos. Llamar a una mesa para discusión entre diversas personas, sectores, entidades o países es visto como una manera adecuada y, sobre todo, civilizada de resolver las diferencias cuando existen. Pero así como la existencia de un árbitro de futbol —por ejemplo— es conveniente y necesaria, su calidad de decisión vinculante, es decir obligatoria, lo hace fundamental. En política, sobre todo internacional, el diálogo sin la aceptación previa de las partes de obedecer las decisiones se convierte en una pérdida de tiempo. El tema viene al caso por las próximas elecciones en la Organización de Estados Americanos, cuya imagen es la de una institución de pocos o nulos resultados y de poca o nula importancia.

El actual Secretario General de la OEA, Luis Almagro, le ha dado cierta importancia a la institución, a causa de su lenguaje directo y de la relación con los medios informativos internacionales, un cambio fundamental en la imagen de la institución porque la hace estar en la jugada, en el elemento histórico del momento. En especial, sus posiciones en contra de las dictaduras actuales latinoamericanas, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, han preocupado a Cuba y los países donde reinan estos antihistóricos personajes. Hay dos candidatos a disputar el puesto a Almagro, uno es el diplomático peruano Hugo de Zea Lima y la segunda es la excanciller ecuatoriana María Fernanda Espinoza, y esto convierte a Perú y a Ecuador en virtuales aliados de Nicolás Maduro.

Los dos adversarios de Almagro se parecen en sus posiciones, compartidas obviamente por sus gobiernos, de utilizar el diálogo como el arma para terminar con la dictadura madurista. Ambos califican de dictador al venezolano, pero por alguna extraña razón no toman en cuenta, no quieren tomarlo u olvidan los fracasos estruendosos de los esfuerzos diplomáticos organizados para acabar con la dictadura mencionada, incluyendo los del llamado Grupo de Lima. Maduro, sin decirlo, agradece esa colaboración, porque simplemente no tiene ninguna voluntad de salir del poder, y cuenta, en la instancia de la ONU, con el apoyo de Rusia, cuyo poder de veto elimina cualquier decisión contra el dictador y a favor del sufrido pueblo venezolano. El mensaje es claro: un dictador simplemente se queda porque no hay forma de presionarlo.

El excanciller peruano Zea Lima es un diplomático de la vieja escuela. Sin duda tiene experiencia y se las sabe todas. Con habilidad señala a la OEA como una institución continental con muchas otras áreas de acción, como es el medioambiente y la educación, lo cual es cierto. Pero esa organización tiene, sobre todo, un papel político, a veces activo y pasivo en otras, especialmente cuando se aferra al criterio, antiguamente válido, de defender la autodeterminación de los pueblos. Este concepto se vuelve lírico, por decir lo mínimo, cuando se aplica en aquellos países con dictaduras, pues estas no son, no han sido ni pueden ser resultado de la voluntad popular. Y esto se aplica sobre todo en los tiempos actuales.

En América Latina hay nuevos presuntos aliados políticos de Maduro, aunque no lo digan abiertamente: El Salvador y México, ambos gobernados ahora por políticos sin experiencia o sin experiencia real. Almagro ha hecho lo debido al utilizar el recurso de las declaraciones a los medios; así debe ser y así lo hacen algunos otros políticos, notablemente Donald Trump. La diplomacia discreta, por llamarlo en forma tradicional, debe adaptarse a las realidades de la comunicación instantánea de los tiempos actuales. La OEA no puede escapar a ese cambio necesario, y por eso llamar a un diálogo tradicional tendrá, evidentemente, consecuencias tradicionales. Lo peor de todo es la imposibilidad de los pueblos por librarse de los autoritarios y los dictadores.