Nota Bene

Democracia = Arévalo

Por un debate serio sobre la democracia.

La Casa Blanca de Estados Unidos comunicó que los presidentes Joseph Biden y Bernardo Arévalo comparten un compromiso por la democracia. Cuando Arévalo se reunió el 25 de marzo con la vicepresidenta Kamala Harris, ella lo felicitó por superar los retos al sistema democrático y ganar una elección que calificó de libre y justa. En los medios extranjeros suelen repetirse tres argumentos que parecen afianzar la imagen de Arévalo como paladín de la democracia: es hijo del primer presidente democráticamente electo de Guatemala, es progresista y promete combatir la corrupción.

No cabe duda de que Bernardo Arévalo da muestras de tener una vocación democrática, sobre todo en sus viajes al extranjero. Pero no por ello conviene tachar como antidemocráticas a las voces que expresan dudas o críticas sobre aspectos de la reciente campaña electoral o sobre ciertas políticas públicas promovidas por el gobierno actual. Con frecuencia se descarta la opinión de unos guatemaltecos etiquetados de golpistas, conservadores, fachos y corruptos. No todo crítico u opositor estuvo dispuesto a recurrir a la fuerza para acceder al poder o evitar la victoria del Movimiento Semilla. Estas etiquetas despectivas ningunean al opositor y lo silencian. Ocurre lo mismo que con la desafortunada frase “pacto de corruptos”, pues agrupa a la ciudadanía en dos artificiales bandos, uno bueno y el otro malo.

Por un lado, limita una discusión seria sobre cómo mejorar los resultados que cosechamos mediante el método democrático. Yo apostaría a que muchas personas con divergentes inclinaciones políticas, incluyendo a simpatizantes del Movimiento Semilla, sienten un grado de insatisfacción con el funcionamiento de la democracia en las últimas décadas. América Latina ha visto erosionada la libertad individual y las instituciones políticas liberales por demagogos populistas y lobos-dictadores disfrazados de ovejas, como Nicolás Maduro y Daniel Ortega.

¿Quién gana limitando la discusión?



Notamos que nuestro voto libre y secreto no es necesariamente el factor determinante de una elección. Son tanto o más importantes las reglas electorales y su interpretación por parte del Tribunal Supremo Electoral y otras autoridades competentes. Antes de presentarnos a las urnas, ya otros decidieron qué partidos políticos pueden participar, quiénes pueden ser candidatos, cómo deben conducir su campaña, qué infracciones merecen castigo, cuánto dura cada etapa del proceso y cómo se recolectan y cuentan los votos. Vemos cómo los grupos de presión, y hasta los cuerpos diplomáticos, intentan imponer su voluntad recurriendo a medios coercitivos. Los algoritmos en las redes sociales y el mercadeo moldean la opinión popular. En fin, hay mucho que analizar y discutir, pero tal conversación será una farsa si se resta mérito a los argumentos proferidos por ciertos grupos ciudadanos.

Por otra parte, dudo de que los políticos que abogan por ideas progresistas sean los más comprometidos con el combate de la corrupción. Los regímenes progresistas como el de Cristina Fernández en Argentina o Evo Morales en Bolivia adoptaron políticas antimercado y aumentaron el gasto público para dispensar favores a grupos amigos, aumentando el clientelismo y la corrupción. En algunos países se han alimentado iniciativas para “refundar” la nación cambiando la constitución, para, entre otras cosas, admitir la reelección y permanencia en el poder. Los políticos que buscan incrementar su poder y centralizarlo, así como ampliar la autoridad discrecional, crean más oportunidades para la corrupción y debilitan las instituciones del estado de Derecho y las garantías a la libertad personal que son torales a las verdaderas democracias liberales.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).