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Demonios y espíritus inmundos

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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La presencia del mal en el mundo y en la vida humana es uno de los problemas más acuciantes que han ocupado el razonamiento humano. El mal puede ser físico, como los terremotos, huracanes, pandemias y hambrunas, que no tienen origen en una decisión humana. El mal puede ser moral. Es el que tiene origen en una decisión humana: las guerras, las diversas formas de explotación y opresión de un ser humano por otro, los crímenes y delitos que perjudican y destruyen a otros, como pueden ser asesinatos, robos y fraudes, engaños y mentiras, infidelidades conyugales y todo el repertorio de las transgresiones de la ley moral. Las mayores interrogantes en torno al mal se plantean cuando la víctima es una persona totalmente inocente e incluso buena.

Muchas personas rehúsan creer en Dios porque encuentran incompatible el mal que sufren en carne propia con la existencia de un Dios que se supone bueno y justo. O rehúsan creer en Dios, pues piensan que no merece fe un Dios que permite tales males. Curiosamente las religiones, y no solo la cristiana, se ocupan, entre otras cosas, de explicar el origen del mal y de liberar a la humanidad de ese mismo mal que hace que otros renuncien a toda religión.

De partida hay que decir que las explicaciones acerca del origen del mal son siempre deficientes. Hay muchas; son filosóficas o teológicas. Explican algo, pero no todo. Pero para muchas personas, me incluyo entre ellas, la explicación deficiente es mejor respuesta que no tener ninguna. La explicación del origen y naturaleza del mal será tanto más aceptable cuanto más razonable sea y mejor permita vivir con esperanza y confianza en el mundo.

Quiero referirme a una explicación de origen bíblico. Parece propia de otros tiempos de ingenuidad precientífica, pero lleva implícita una visión optimista y positiva del mundo y de la humanidad. Es la explicación que atribuye el mal a la presencia y acción del demonio. Quien lee el evangelio se tropezará en una página sí y en otra también con el combate que Jesús libra contra Satanás y los demonios. En el evangelio según san Marcos, la acción inaugural de Jesús en su ministerio consiste en una acción admirable para liberar a un hombre poseído por “un espíritu inmundo”.

Según la Biblia y la reflexión teológica del judaísmo contemporáneo de Jesús, Satanás, los demonios y demás espíritus son creaturas de Dios, que se rebelaron contra Él y sus designios de salvación, y desde entonces se empeñan en oponerse a la obra de Dios en el mundo. Sobre todo, tratan de hostigar al hombre y seducirlo igualmente a la rebeldía contra Dios. Esa explicación atribuye el mal a una criatura de Dios, no a un antagonista divino, por lo que el mal es vencible. Además, hace del mal una realidad advenediza a la creación; por lo tanto, afirma la bondad fundamental del mundo. Dios puede quitar, derrotar, eliminar el mal, porque lo produce un ser creado por Él, que se rebeló contra Él.

Si el mal moral es instigación que le llega al hombre desde fuera de sí, entonces el ser humano es en sí mismo bueno. Si el mal no es parte del mundo, sino algo que le sobreviene, entonces es posible restablecer a la humanidad y al mundo en su bondad original. Esa es la misión de Jesús. Por eso la cultura cristiana desterró el fatalismo pagano y generó el impulso y las acciones para derrotar el mal moral y la enfermedad. Por eso, para el pensamiento católico no hay delincuente irreformable ni criminal irredimible. Por eso en el catolicismo hablamos de la vocación a la santidad como algo accesible a todos con la ayuda de Dios. Hablar del demonio como origen del mal es proclamar de rebote la bondad de la creación. Esa es una cosmovisión optimista.