Sin fronteras

Desde Guatemala, una Navidad consciente

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Cuando falten 10 minutos para las 12, estarán tronando ya los vidrios por las bombas que estallan. Luces en el cielo y campanas, repicando desde torres, serán señal de que la Iglesia está de fiesta. Una urbe entera en plena celebración. El mensaje repetido será que “el Niño nació”, y el deseo por que ese alumbramiento se dé en el corazón de quienes se mantienen fieles. Décadas después de haber escuchado esa invitación por primera vez, la fe de este creyente es ya más crítica. Mucho más exigente. Consciente. Una que no es amiga de lo servil de una feligresía atontada; de lo útil que es esa fe para quienes la promueven con el fin de acumular, sin conmiseración, sin piedad alguna, por quien a su par y en pobreza, desvanece. Vivimos en Guatemala. Un lugar donde helicópteros privados vuelan sobre la cabeza de los niños mendigos de semáforo. Sus parientes, en la aldea, elevando plegarias al cielo, pidiendo por el conductor que les voltee a ver con una monedita en mano. Guatemala, el doceavo país más desigual del mundo entero. Una Navidad ajena a la profunda reflexión, no puede ser más que una dominada por el espíritu del mal. El del mismísimo Satán, si es que acaso en verdad ese señor existe.

Me agarra particularmente alejado esta Navidad de los ritos de celebración, que hoy siento exuberantes. Quizá sea la edad y sus factores. O tal vez las circunstancias de este año que termina. En él, me tocó exponerme de lleno en la tierra de las Verapaces. Un lugar que confieso, finalmente partió mi alma a la mitad. No sé. Es que tiene algo particular la escasez en esos pueblos. Lo explico: Me recorrí por trabajo Huehuetenango y sobreviví. Por eso, estuve dispuesto a más. Me recorrí Quiché, y también sobreviví. Seguí dispuesto más. Así, un poco más o un poco menos, también San Marcos, Xela, el occidente y el oriente. Se sobrevive con fuertes golpes; pero en mi caso, siempre estuve dispuesto a más. Hasta que el cinturón del Corredor Seco llegó a mi puerta. Sí, el norte chiquimulteco y su ahogante ola de sequías. Pero más particularmente, las tierras bajas de la Alta Verapaz. Las del Polochic y el río Cahabón. Las comunidades de ese corredor que va desde San Pedro Carchá, hasta el fondo del camino, en la aldea de Panzós, Cahaboncito. Un infierno viviente, en el corazón de nuestra tierra, a pesar de riquezas naturales cerca de la región. Aquí, en la ciudad, pocos lo tienen presente. Pero la gente fue orillada a vivir en un desierto que se forma, donde el maíz ya no crece, y de donde solo queda escapar. Escapar. Todo lo demás, por el momento, es mera demagogia. Un territorio rapiñado, cuyo hurto en un sistema que se defiende, causará el éxodo de un pueblo entero: el maya q’eqchí’, con su millón o más de habitantes.

Nunca he sido un Grinch. La Navidad y sus tradiciones me son propias y las llevo en el corazón. Cantamos villancicos. Armamos un pequeño nacimiento, hecho a mano, por el talento de alguien de la familia. El año entrante, está la ilusión de imitar a mi hermana y quizás sustituir el árbol de nórdica tradición por un chirivisco más tropical y propio. Los abrazos nunca dejarán de estar, mientras vivamos y estemos juntos. Pero desde aquí, las páginas de un periódico guatemalteco de alcance global, queda este año la invitación de un simple ciudadano a un pueblo altamente religioso a cambiar su fe, que es vana, si sigue el camino de quienes se hartan las barrigas a costa de la mayor de las miserias del continente entero. La de nuestros pueblos, que humildemente buscan ya solo compasión, de quienes gozan posiciones más privilegiadas. Feliz Navidad, pues. Y que sea ese, y solo ese, el Niño que nazca en sus corazones. El que actúa en amor congruente hacia el prójimo cercano.