Catalejo

Día del padre sin poder abrazar y besar nietos

Mario Antonio Sandoval

Debido a la crisis por el coronavirus ha disminuido el interés de muchas celebraciones, incluso oficiales, como el Día del Ejército. En el campo religioso, ha debido haber cambios fundamentales en la conmemoración de Semana Santa, el día del Corpus Christi, la celebración de las misas. Igualmente, se pueden mencionar el Día de la Madre, 10 de mayo, y el Día del Padre. Hoy es esa fecha, y en este artículo quiero hacer mención a los abuelos, los padres de los padres. La edad, los peligros para su salud, los tiene encerrados, y eso contribuye al surgimiento de una llovizna de congoja, porque el amor a los nietos es tan importante y a veces superior al sentido por los hijos, en especial cuando esa tercera generación tiene poca edad, pero suficiente para también sentir tristeza.

Mucho se ha dicho sobre la diferencia de la tarea de los abuelos. Les tocó educar a los hijos y ahora su quehacer es consentir a quienes son la verdadera confirmación de la raíz familiar, de la estirpe, lo cual sucede cuando los nietos son varones. Si son hembras, tienen el especial y único papel de acuchuchar a los viejos, quienes al volverse padres de nuevo, logran darle a esta tercera generación todos los cariños entrampados a causa de los horarios de trabajo cuando ellos atravesaban la etapa inicial de la infancia. En el ejercicio del tan satisfactorio abuelato muchas veces los abuelos quedan en segundo lugar, porque las abuelas saben cómo querer mejor. Los nietos, eso sí, sufren cuando han nacido después del viaje eterno de quienes engendraron a sus papás.

Mis dos abuelos se fueron antes de mi nacimiento. Cómo hubiera querido conocerlos… A cambio, el destino me dio dos abuelas, una bisabuela, una tía bisabuela, y legué a conocer a mi tatarabuela. Por eso me gozo los momentos con mis nietos, de edades comprendidas entre 23 y 4 años. El encierro obligado me impide tenerlos cerca, acariciar a los pequeños y abrazar a los cuatro adultos. Me entristece. Los veo y escucho vía teléfono varias veces a la semana, pero no es suficiente: la vista y el oído llenan de alegría, pero el sentido del tacto, del olfato y del gusto participan en todo acto de amor, incluido el “abuelal” y por eso es una comunicación humana coja. No pienso cuánto durará esta separación. Mejor espero en silencio para estallar de alegría cuando termine.

Hablo, estoy seguro, en nombre de todos los hombres ya entrados físicamente en la tercera edad, pero poseedores de un corazón juvenil aun palpitante, y pido al Creador estar presente cuando el último de ellos termine su secundaria. Cuando eso suceda ya habré entrado en el campo del bisabuelato, pero ese es tema de otro artículo. Me he dedicado a buscar viejas fotografías, irremplazables, porque se cumple la frase “cuando joven, de ilusiones, cuando viejo, de recuerdos” y éstos resurgen en la memoria por estar reflejados en álbumes amarillentos. Escucho y veo las llamadas de los más grandes, pues dicen abiertamente estar buscando consejo porque esa rápida vejentud conlleva experiencias y puede compartirlas para sugerirles qué no hacer.

Varios amigos me han dicho estar igualmente necesitados de los abrazos y besos de los nietos. Por eso decidí dedicar este artículo a quienes comparten esas penas. Para entenderlas se debe sufrirlas. Y por último quiero hacer una mención a las abuelas, tanto a aquellas llenas de canas como a quienes se visten al estilo conservador. Cuando los nietos no viven en la misma casa, ellas tienen ahora la tarea de cuidar al abuelo, a recordarle de las pastillas y a compartir con él alguna copita mientras se ve televisión. A ellas, a su tristeza, su entrega, su paciencia, también dedico este artículo. Esa tolerancia histórica, tan inherente a la espera, está mayormente presente en la mujer, sobre todo cuando ha recorrido muchas millas en ese camino lleno de recodos llamado vida.