La buena noticia

Diócesis de Jalapa, 70 años de historia

Víctor Manuel Ruano pvictorr@hotmail.com

El relevo en la conducción pastoral de la Diócesis de Jalapa, creada por Pío XII con los departamentos de El Progreso y Jutiapa, se dará el 29 de junio, fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, en una celebración inédita, por la emergencia del covid-19, pero muy significativa, para repensar una nueva imagen de Iglesia y de sus pastores, sin triunfalismos de épocas pasadas, más apegada al Evangelio y al estilo de Jesús.

Con su primer obispo, Miguel A. García Arauz, 1951, nace esta diócesis y se va configurando según los lineamientos del Concilio Vaticano II, que le dieron un giro “copernicano” a la Iglesia. Durante 36 años recorrió estos caminos del oriente guatemalteco bajo la consigna: “En Dios está mi esperanza”. Jorge Mario Ávila del Águila, 1987, continúa por mandato de Juan Pablo II, quien por 15 años sirve a estos pueblos con el carisma de la “Familia Vicenciana”, siguiendo las orientaciones de “Puebla”, que enfatiza la planificación pastoral y la opción por los pobres. Por eso su lema fue: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha enviado a evangelizar a los pobres”.

A partir del año 2002 continúa Julio Cabrera Ovalle, quien, siguiendo los lineamientos de “Aparecida”, le imprime un nuevo ardor misionero a la diócesis mediante las “Santas Misiones Populares para una misión permanente”, haciendo suya la máxima paulina: “Ay de mí si no evangelizo”.

Al acercarse el septuagésimo aniversario y habiendo dado origen hace cuatro años a la diócesis San Francisco de Asís, en el departamento de Jutiapa, la diócesis de Jalapa-El Progreso recibe a su cuarto obispo, un presbítero originario de san Luis Jilotepeque, Benedicto Moscoso Miranda, que inició sus estudios en las escuelas de La Salle y los concluyó en el Seminario Nacional de la Asunción.

Por las parroquias donde pasó durante sus 33 años de ministerio presbiteral en Jutiapa, Jalapa y El Progreso, los feligreses lo llamaban “padre Bene”, y desea que así lo sigan llamando como obispo, sin aquellos títulos rimbombantes ya trasnochados y muy lejanos de la conducta histórica de Jesús.

En una entrevista concedida al Pbro. Teodoro Beltrán, director del boletín Tiempo de Dios, editado en Jutiapa, muestra su preferencia por dos grandes obispos latinoamericanos que lo han inspirado en su vida presbiteral: Óscar Arnulfo Romero y el brasileño Hélder Cámara.

Del primero, que conoció por sus homilías en la radio desde su adolescencia, asume su proyecto expresado en el lema “sentir con la Iglesia”, que se tradujo en la defensa de los pobres y las víctimas de la guerra, mediante un ministerio episcopal que supo integrar el profetismo en el anuncio novedoso del Reino y en la denuncia audaz de todo cuanto se opone al proyecto de Dios. Vivió una vida simple, desprendida, pobre, totalmente al servicio de su pueblo. Fue pastor, profeta y mártir. Asesinado mientras celebraba la Misa, por mafias criminales que habían cooptado el Estado salvadoreño.

Del segundo admira su voz profética en medio de las dictaduras militares, que recorría el mundo como misionero de la justicia y de la paz, que convocaba las religiones para construir la fraternidad y el diálogo entre las naciones y los pueblos del mundo; que denunciaba injusticias, torturas, sistemas e ideologías perversas con gran libertad y coraje; que vivía una vida pobre y desprendida; que, calumniado, amenazado, perseguido, nunca respondió con agresividad. Fue un profeta de la no violencia, vivió “sin odio y sin miedo”.

El papa Francisco da a la diócesis de Jalapa un pastor con olor a pueblo, hombre sencillo y humilde con sabor a evangelio, presbítero encarnado en la realidad de su gente, mediador y luchador por las legítimas causas de los pobres, profeta de hoy que no calla ante la injusticia y la opresión de los más empobrecidos.