La buena noticia

Dios, su estado de salud

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Publicado el

El título es un gancho. Pero también expresa una preocupación. Identifico tres situaciones culturales en las que Dios no es tomado en serio y, por lo tanto, su salud es precaria. En este inicio de cuaresma se nos pide volver a Dios, pero ¿a qué Dios?

Los tres estados de salud de Dios están vinculados con el contexto cultural en el que se plantea la vigencia de Dios. El primero es el que se da en el secularismo. La sociedad secular prescinde de toda referencia a lo religioso, a la trascendencia y, muy en concreto, a la tradición religiosa cristiana. Las formas mejor logradas de esa cultura secular se dan en el Occidente desarrollado. Dios es un vestigio del pasado, una marginalidad cultural. La economía y la política, la academia y las ciencias, el arte y el entretenimiento prescinden de Dios y de la religión. Acá en Guatemala, algunos ambientes académicos y ciertas organizaciones sociales, culturales o políticas comparten ese talante de indiferencia o incluso de rechazo de Dios y del cristianismo en particular. Dios y sus ministros tienen cabida y aplauso solo si la religión adopta la forma de activismo social para impulsar acciones de promoción humana o para desarrollar la agenda secular: el ambientalismo, las migraciones, la ideología de género. Solo la progresiva islamización de Europa es la advertencia de que no es tan fácil meter a Dios en el baúl de los recuerdos.

El segundo estado es la trivialización de Dios. Caracteriza a nuestro país. Todo mundo habla de Dios, pero Él es un comodín en manos de los profesionales de la fe. La proliferación de iglesias y cultos, de confesiones y congregaciones, de religiones y credos tiene un efecto corrosivo sobre la idea de Dios. Aunque cada uno en su iglesia se tome a Dios en serio, la pluralidad y diversidad del hecho religioso inevitablemente transmite una imagen de trivialidad. La situación se agrava si la pregunta de la apologética clásica acerca de la verdadera religión es impropia. Se considera ofensivo preguntar cuál es el verdadero Dios, cuál es la verdadera doctrina sobre Jesucristo, cuál es la verdadera iglesia. El criterio que guía la adhesión de muchos a una u otra iglesia no es la búsqueda de la verdad en materia religiosa, sino la búsqueda del bienestar. ¿Dónde me siento bien? ¿Dónde me acogen bien? ¿Qué predicador habla bonito y me toca el corazón? Para gustos no hay reglas, y el Dios del gusto acaba siendo un Dios trivial. La gente transita de una confesión a la otra. Dicen: “da lo mismo, todo es igual”.

Una tercera condición de la salud de Dios la ofrece el Dios folclórico. Es el Dios al servicio de costumbres o de reivindicaciones identitarias. En Semana Santa, uno puede encontrar a personas que no practican ninguna religión pero están dispuestas a colaborar en la elaboración de una alfombra procesional o incluso hasta cargar un turno, porque es una tradición familiar o una costumbre guatemalteca que hay que preservar. O en otro ámbito totalmente diverso, no he podido evitar hacerme la pregunta de si, en algunos casos, para algunas personas la práctica de ritos mayas esté más al servicio de reivindicaciones identitarias que al servicio de convicciones religiosas.

El Dios saludable y fuerte ha sido siempre el que se deja someter a la pregunta sobre su verdad y consistencia. Pero también es el Dios en quien el creyente sigue poniendo su fe tras pasar la prueba de la adversidad y del dolor. Como Job. Es el Padre en quien Jesús confía mientras está clavado en la cruz. Dios tiene salud si es referencia en todas las dimensiones de la vida personal y social y ejerce autoridad moral sobre quien pone su fe en Él. Ese es un Dios creíble.