Catalejo

El covid-19 continúa dando más lecciones

Mario Antonio Sandoval

Ya pasó más de un año de la aceptación oficial del aparecimiento de un virus desconocido, denominado covid-19 por la comunidad científica internacional. Desde el principio y gracias a la vilipendiada prensa, se supo de decisiones posteriormente relacionadas con su vertiginosa propagación en el mundo. Entre ellas, China no informó del hecho y el científico que dio a conocer el descubrimiento del virus fue escarnecido. Según Trump, Estados Unidos erigiría un misterioso muro para detenerlo al llegar a sus fronteras, y el brasileño Bolsonaro lo comparó con una “gripecita”. La población de Europa no hizo caso. Pasó a América Latina y al resto del mundo dentro de los aviones. Pronto había paralizado al mundo y cambiado la manera de vivir y de pensar de toda la raza humana,

La edición electrónica de The New York Times ha informado de la preocupación existente entre los pieles rojas porque se están muriendo sus mayores, quienes en esas culturas tienen un papel extraordinario. Popularmente se había afianzado la idea de que los niños de alguna manera eran inmunes, así como los se contagiaron sin sucumbir a la enfermedad. El covid, entonces, ataca también a la cultura y las bases de las sociedades, sobre todo aquellas donde se alaba la experiencia y la sabiduría otorgada por el paso de los años y con ellos la madurez. Y también ya se ha dicho oficialmente la posibilidad de que algunos niños serían portadores, y de esto último tengo conocimiento directo. En suma, se está avanzando en aprender las lecciones de la enfermedad.

Al mencionar el efecto en la cultura, recuerdo el caso de Chichicastenango, donde los ciudadanos, en forma ´democrática´, decidieron no utilizar mascarillas, desobedeciendo así las disposiciones de las autoridades. Lo irónico es que se trata de una población que vive eminentemente del turismo, y ya solo ese anuncio significa una disminución casi total de la afluencia de visitantes nacionales y extranjeros, en momentos muy serios para esa industria y quienes son dependientes de ella. Parte de la cultura personal se refiere a la relación de aceptación y obediencia a las autoridades. Si hay disciplina, la obediencia, sin duda alguna, será mayor. No es el caso de Guatemala, porque el gobierno se ha ganado la desconfianza desde hace décadas. La corrupción, entonces, por principio, tiene efecto en la desobediencia.

Siempre existen factores adicionales como la creencia de la protección de la divinidad, aunque no se tomen medidas científicas. Lejos de ello existe el “Ayúdate, que Yo te ayudaré”. La confianza en la divinidad puede dar sosiego, pero no implica milagros.
Conozco el caso de una persona no católica decidida a no tomar las medidas causantes de una posible cura, porque ella rezaba todas las noches. La vi con sus piernas enormemente hinchadas, dos días antes de su fallecimiento. Y esta posibilidad no se puede descartar en ninguno de los pueblos indígenas de Guatemala por motivos específicamente religiosos de los abundantes grupos no católicos, aunque este tema provoca interminables discusiones con la certeza de volverse una pérdida de tiempo.

El covid ha demostrado además los múltiples y serios problemas causados por la mezcla de política y religión, y muy en especial en las afirmaciones públicas de apoyo a determinados personajes o grupos. Todos estos ejemplos son útiles porque parte de la recuperación la otorga la fe y la confianza de lograrlo, y en esto la religión tiene un sitial importante, siempre y cuando no se le considere sustituta de la ciencia médica e incluso de la tradicional, basada en el tipo de alimentación y otros muchos buenos hábitos y cuidados.
El covid exige un esfuerzo riguroso y serio para conocer sus orígenes y cómo interactúan. Las condiciones de Guatemala permiten prever muchos más casos.