Catalejo

El covid y sus efectos colaterales en los niños

Mario Antonio Sandoval

Las guerras siempre tienen “efectos colaterales”, eufemismo surgido en el lenguaje militar para referirse a las víctimas inocentes en los conflictos bélicos. La lucha contra el covid-19 es una guerra mundial y por tanto alcanza a gente con esa calidad. Lo peor es considerarlos poco importantes porque no se les otorga la atención debida ni se piensa en las consecuencias. Me refiero a los niños, quienes desde muy pequeños están sufriendo los efectos de cambios imposibles de revertir, aunque esto no lo puedan comprender ellos y un alto porcentaje de padres, hermanos mayores y demás familiares, mucho menos las autoridades públicas y quienes solo centran su atención en la lucha.

Los psicólogos concuerdan en la importancia crucial de esos primeros años, y los médicos coinciden en cuanto a la nutrición, aunque los daños intangibles e invisibles, pero reales, también existen en estas primeras etapas de la vida. Los niños, de pronto y sin saberlo, enfrentan una soledad de la compañía de quienes tienen edad similar. Han perdido para siempre la oportunidad de vivir hechos causantes de recuerdos, ahora solo reducidos a su relación con adultos, ya sea padres, familiares, vecinos y sobre todo compañeros de juegos infantiles. Se están perdiendo la oportunidad de tener relación con su misma generación, lo cual incluye juegos, risas y pleitos. En suma, las experiencias de esa etapa hacen mucho por los adultos.

Las consecuencias no son conocidas ni comprendidas. Mantenerse en casas pequeñas o en apartamentos provoca una sensación de encierro y es real. La relación con los padres es distinta, pues ellos casi siempre deben ir al trabajo o realizarlo en la casa. Aventar juguetes y otros objetos, aruñar, despertar por la noche, hacer berrinche, son solo algunas manifestaciones esperables y los padres deben tener claro el error de castigos duros, aunque sí sea necesario algún escarmiento. Los niños sufren, y también afecta a quien ejerce el papel de jefe familiar, sobre todo cuando es mujer y sola. Lo peor: casi nada puede hacerse.

Sobre los límites a la libertad

El artículo del columnista Federico Bauer Rodríguez sobre los límites de la libertad, publicado el miércoles en elPeriódico, es una brillante y serena exposición de un tema para mí apasionante y necesario de entender: la libertad humana. Es un concepto abstracto y por ello debe ser enmarcado en sus necesarios límites a fin de evitar lo peor: convertirla en libertinaje derivado de calificarla de absoluta, al no tener límites ni grados. Me impresionó la capacidad de resumen del autor, cuya seriedad y equidistancia en el análisis está fuera de toda duda. Recomiendo leerlo porque en pocas líneas esclarece los marcos para la práctica de este derecho, el “más apreciado por los seres humanos y a la vez el más violado”.

Estos marcos son: la prudencia (sensatez o buen juicio); la ley —obviamente cuando es correcta y justa— a la cual se debe respeto; el marco ético (la diferencia entre lo bueno y lo malo) y la moral (las normas para actuar libremente de manera correcta). La libertad carece de sentido si no se le relaciona con la conexión entre los últimos criterios mencionados, pero sin límites tampoco sería objeto de castigo. En su concepto idiomático incluye a la responsabilidad, o sea la obligación de responder a las consecuencias de toda acción. Me parece claro: este criterio no incluye el activismo ideológico simplista, tan de moda hoy en día, aunque cause tantas conclusiones equivocadas e indefendibles.