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El enigma del mal

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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Uno de los grandes enigmas de la humanidad es la presencia del mal en nuestras vidas. El mal puede ser físico, como las enfermedades, accidentes, calamidades y la muerte; también puede ser moral, como crímenes y delitos, equivocaciones y decisiones irresponsables; injusticias y corrupción. El mal moral tiene su origen en la falta de ética y responsabilidad de quienes lo crean y producen. Profundos cuestionamientos filosóficos y teológicos se plantean en torno al mal físico porque afecta a las personas de modo indiscriminado, y quienes lo sufren consideran que es una adversidad inmerecida. Si los creyentes decimos que todo cuanto ocurre está en las manos de Dios, la existencia del mal físico que afecta a personas inocentes crea uno de los principales problemas teológicos. Es más, la existencia del mal físico es el principal argumento en contra de la existencia de un Dios providente y misericordioso como lo conocemos los cristianos.

La enfermedad, los accidentes, las adversidades, las calamidades y la pobreza extrema que tantos padecen son parte de esta vida. A unos, es verdad, les tocan dosis más grandes de sufrimiento que a otros, y esto no tiene ninguna explicación razonable. El más grave de los males físicos es la muerte. La Sagrada Escritura se hace cargo de este problema desde sus primeras páginas. Su primera afirmación es que Dios creó todo cuanto existe y lo creó bueno, bello, consistente, verdadero. No hay traza de mal en la obra de Dios. El mal comienza por una desobediencia del hombre a Dios. Pero esta desobediencia y rebelión contra Dios no surge de una inclinación congénita del hombre contra Dios, sino por una seducción satánica que viene de fuera, a la que el hombre libre sucumbe. En el relato bíblico, primero aparece el mal moral y luego y a consecuencia de él aparece el mal físico: la tierra no responde con generosidad al trabajo humano; la mujer debe dar a luz con sufrimiento y dolor; y el hombre debe experimentar la muerte. A partir de allí todos los demás males tienen su origen.

Este relato expresa el “optimismo cosmológico” propio de la tradición judeo cristiana. Si el mal físico no es parte de la creación de Dios, sino que de algún modo está vinculado al mal moral que el hombre comete por seducción exterior, entonces el mal es advenedizo y removible. Dios, si quiere, puede revertir esta situación y purificar al hombre de su pecado y puede renovar este mundo y liberarlo de todo mal físico. Por eso podemos pedirle a Dios que nos libre de todo mal, pues Dios no nos creó para el sufrimiento, sino para la vida y la felicidad. Es más, él ha prometido que al final, cuando lleguemos a la plenitud de su reino, ya no habrá muerte, ni dolor, ni enfermedad ni adversidad alguna. Esperamos un cielo y una tierra nuevos.

Pero mientras esa realidad futura llega, ¿tiene sentido desde la fe cristiana el mal que nos aflige? La Biblia nos da un punto de partida: el hecho incomprensible de que de la muerte injusta y cruel en la cruz del Hijo de Dios hecho hombre vino el bien de nuestra salvación. A partir de allí la esperanza nos guía a no claudicar frente al mal. Dios nos instruye para que, cuando debamos sufrir una adversidad, la aprovechemos para crecer en madurez humana y en santidad. La caridad nos mueve a ayudarnos unos a otros para aliviar el sufrimiento mutuo y a remediar las situaciones de pobreza y falta de oportunidades que afligen a tantos millones. El sufrimiento ajeno no nos deja indiferentes, aunque casi siempre solo podemos aliviar y no remediar. Los santos, los hombres y mujeres de Dios han entendido la adversidad personal que han sufrido como un acicate para ser mejores personas.