Presto non troppo

El horario del artista

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

“¿Por qué están pidiendo tanta gelatina los técnicos del teatro?”, preguntó el auditor. “Sólo falta que también pidan sopas y gaseosas y latas de frijoles”, continuó, molesto. “Se supone que están encargados de luces, sonido y escenografía; no de una venta de comida”, impugnó, ofuscado por lo que juzgaba una extravagancia: el departamento de luminotecnia requería la compra de 480 gelatinas, con especificaciones que se le antojaban demasiado raras, tales como ámbar, cian y magenta.

Situaciones como esas son proverbiales cuando el mundo de la contabilidad burocrática se entrecruza con el del arte escénico y los insumos que necesita para el montaje de una obra. Es entendible. En el mejor de los casos, si aquel oficinista buscó una definición de diccionario, se topó con que gelatina es una sustancia cuyo estado varía entre lo sólido y lo líquido, incolora y transparente, que procede de la transformación del colágeno del tejido conjuntivo y… eso que ¡él pensaba que era un postre! La confusión aumenta cuando se le informa que la gelatina que solicita el luminotécnico es un sistema coloidal en fase continua… un filtro plástico para modificar el color de la luz que emiten los reflectores utilizados en la iluminación de un escenario. Anteriormente fabricados con una base gelatinosa hasta hace unas décadas, hoy día estas láminas translúcidas son de policarbonato y poliéster, pero permanece el nombre que hace referencia a su origen.

La anécdota se puede emparentar con la del vestuarista que requiere el pago de una docena de ballenas… o del escenógrafo que cobra por seis piernas… o el maestro restaurador que pasa factura por el diablo que adquirió para colocarle el alma a unos instrumentos musicales… El uso de jerga técnica —como en cualquier oficio— siempre ha dado lugar a muchos chistes. De ahí, también, la denominación “cian” en vez de azul-verdoso, o “magenta” en vez de rojo tirando a morado, que pueden tener una etimología tan antigua como la de la Grecia clásica en el primer caso, o tan reciente como una batalla en Italia a mediados del siglo XIX en el segundo.

Lo que no resulta chistoso es que las instancias administrativas de auditoría y contraloría no conozcan ni entiendan con claridad lo que laboralmente implica la obra de arte, ni la actividad de los elencos, tanto artísticos como técnicos, responsables de la representación de una obra escénica. Si lo que pretenden es la adecuada interpretación y aplicación de leyes y reglamentos, así como la revisión y verificación de presupuestos y cuentas, todos debieran empezar por el sentido común. Desde los más altos funcionarios de gobierno hasta el último perito contador contratado por una empresa privada, todos habrían de comenzar con hacerse unas preguntas. ¿Ostenta lógica que el empleado mandado a montar, auxiliar y desmontar una obra escénica desde las 14 hasta las 22 horas (ocho horas de una jornada laboral) se presente a marcar tarjeta a las nueve de la mañana del día siguiente, cuando no hay función? ¿Será de levantar acta y proceder judicialmente contra un artista porque “no está en su puesto” a la hora que nadie puede irlo a ver y escuchar? ¿Qué porcentaje de una población económicamente activa podría acudir, tan siquiera una vez a la semana a la proyección de una película —no digamos a un espectáculo teatral, un concierto o una función de danza, que involucran a actores, músicos y bailarines en escena– en los horarios de trabajo de la mayoría?
Es evidente que a los trabajadores del arte y otros quehaceres no puede encasillárseles, así sin más, en un horario de ocho a cuatro. La indagación en este tema amerita seguimiento.