Punto de encuentro

El patriotismo exacerbado

Marielos Monzón @MarielosMonzon

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Al nacionalismo exasperado casi siempre se recurre para defender intereses y privilegios. Es el manto perfecto para encubrirlos. Detrás de la bandera nacionalista se esconde en realidad la perversa intención de defender el status quo, ese que permite la acumulación de fortunas y de privilegios.

Por eso, el patriotismo exacerbado está ligado a las expresiones políticas más conservadoras y, por supuesto, a las oligarquías locales como en el caso de Guatemala. Si se revisan los discursos e incluso las publicaciones en redes sociales de los personajes vinculados con estos sectores, se encuentra fácilmente un hilo conductor: se disfraza de defensa de soberanía la defensa de intereses particulares.

Durante los últimos años, fuimos testigos de cómo el nacionalismo fue el buque insignia para defender la impunidad. Ni modo que se sinceraran y admitieran que en realidad su propósito era salvarse de la acción de la justicia. Por eso, conocedores de la idiosincrasia chapina resumida en el “encendidos en patrio ardimiento”, se dedicaron a atizar el discurso del patriotismo y de la injerencia, y a sacarle muy buenos réditos.

Saben bien que apelar al fervor patrio es una táctica eficaz e indispensable en las estrategias de control social y a eso le continúan apostando. Ahora que están envalentonados —un poco más de lo usual— recurrirán cada vez que puedan a la criminalización, a la amenaza y a la exacerbación del miedo para que las cosas no se les vuelvan a salir de control.

Y precisamente por eso, aprovecharon la celebración de la Independencia, como la gran sombrilla para recalcar que ésta sigue siendo “su” patria —que no la de todos— y dejar meridianamente claro que quien no se alinee con ellos será escarmentado. “Debemos castigar con la ley a los artífices de la división, tanto a los externos como a sus agentes internos, aquellos que se alimentan del miedo, del odio, que viven del conflicto” remarcó el presidente del congreso (así, con minúsculas) en un discurso alimentado precisamente por eso que dijo rechazar: el miedo, el odio, el conflicto.

Pero las amenazas no quedaron solo en palabras. Se concretaron también en decisiones políticas. El cierre de la embajada de Guatemala en Suecia —aunque parezca increíble— es un acto de venganza contra un gobierno al que consideran “enemigo” por apoyar la lucha contra la corrupción y la impunidad, pero también a los grupos y sectores más vulnerables de nuestro país.

En ese absurdo en el que se ha convertido la política internacional guatemalteca, la agenda personalísima de Jimmy Morales es la brújula que guía las acciones. “Defensa de la patria” solamente cuando conviene, y “nacionalismo a ultranza” únicamente cuando es oportuno.

Porque bien guardadito quedó el discurso de la injerencia extranjera y de la defensa de la soberanía cuando se concretó el traslado de la embajada de Guatemala de Tel Aviv a Jerusalén y, peor aún, cuando se ofreció el territorio nacional como cárcel para migrantes o se hizo caso omiso de los vejámenes a los que son sometidos nuestros compatriotas —incluidos niñas y niños— por el gobierno de los Estados Unidos.

Y como no tienen límites, en un acto deleznable y usando también como excusa las fiestas patrias, este gobierno de insensibles decidió desmantelar el altar que en memoria de las 56 niñas torturadas y quemadas en el mal llamado “Hogar Seguro” Virgen de la Asunción se había levantado en la Plaza de la Constitución. ¿Es que acaso se puede apelar a la “patria” cuando se atropella la dignidad y se mantiene la injusticia?

Solamente este desgobierno puede pensar que así se celebra la libertad.