Al grano

El servicio civil del futuro

Eduardo Mayora Alvarado emayora@mayora-mayora.com

Del servicio civil se ha investigado y escrito mucho. Entre otras cosas, se ha planteado que el servicio público requiere de una especie de “vocación” especial. Por algunos se ha entendido que, como en el servicio público, uno no se hace rico y, por otro lado, el trabajo y las responsabilidades son por lo general iguales o mayores que en el servicio laboral, propiamente hablando, pues los servidores públicos deben tener esta vocación. De ellos ha de esperarse, por así decirlo, ciertos sacrificios.

A la visión “vocacional” del servicio público se ha opuesto una visión “interesada”. Sí, en la que el servidor público busca incorporarse al servicio civil porque “le interesa”. Su interés está en el hecho de que es una profesión “noble”. Quien labora en el servicio civil puede gratificar su idea de sí mismo con el pensamiento de que sus servicios contribuyen, por ejemplo, al bien común. Además, en esta visión “interesada” del servicio civil, el servidor ingresa a una “carrera profesional” en la que, de acuerdo con unas reglas (el estatuto o Ley del Servicio Civil y sus reglamentos), desarrolla su profesión remunerado de acuerdo a su experiencia y competencias técnicas. En suma a todo ello, al final de la carrera hay un plan de retiro que acompaña al servidor público hasta el final de su vida, con dignidad y decoro. En esta versión de la carrera del servicio civil, las remuneraciones se fijan un poco por encima de la media en los mercados de servicios especializados, lo cual se prevé en las reglas.

En Guatemala, por lo general, se mira al servicio civil como “un medio” para conseguir una base o plataforma de ingresos sobre la cual se consigue otro tipo de satisfactores. Por su lado, los empresarios o el sector privado organizado perciben al servicio civil como una enorme carga. Un lastre que solo obstaculiza los negocios burocráticamente y con excesivos formalismos. Es la visión “deformada” del servicio civil.

Si no fuera posible cambiar esta mentalidad, comprendiendo que la relación entre el servidor público y el Estado no puede entenderse como las relaciones laborales de dos “grupos de clase” con intereses contrapuestos, entonces la visión “deformada” seguirá siendo la predominante y los sindicatos venderán un voto disciplinado a los políticos, a cambio de unos pactos colectivos irracionales. En cambio, de cara hacia el futuro, debiera regularse de tal manera que sean los profesionales que están por encima de la media —los mejores— los que presten sus servicios en dicho régimen.

El hecho de que así fuera, es decir, de que los mejores profesionales fuesen atraídos al servicio civil no garantiza la buena marcha del Estado, de su economía, de su vida social. Unos profesionales encargados de implementar políticas públicas equivocadas no cambiarían el resultado negativo de estas. Pero sí realizarían con mayor eficacia las múltiples tareas de que se compone la administración pública. Los servidores públicos aplican las leyes y los reglamentos que rigen múltiples actividades y, mientras mejores sean sus competencias y sus motivaciones para brindar un buen servicio, mejor será la aplicación de la Ley. Es decir, con mayor razonabilidad y sentido de ecuanimidad.

Creo que para lograr tales objetivos es indispensable abolir la huelga en el sector estatal y la idea de que los servidores públicos tienen una relación laboral con el Estado. A cambio, debe organizarse una visión “interesada” del servicio civil.