Catalejo

El término élite no debe usarse sin un adjetivo

Mario Antonio Sandoval

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Se forma una élite cuando sus integrantes no son mayoritarios, o sea a partir de 51 por ciento de un grupo. Cuando se emplea en los contextos actuales, es indispensable sumarle un adjetivo, a fin de evitar la equivocada creencia de ser sinónimo de un determinado conjunto social. Así como es inadmisible usar América en vez de Estados Unidos de América, es equivocado considerar a la élite solo respecto a lo económico. Guatemala está llena de élites: la de los alfabetos, graduados de primaria, secundaria y universidad; de residencia en la capital, posesión de automóvil propio, y así un largo etcétera. Por eso no dice mucho al hablar de la o las élites del país. Los guatemaltecos estamos condenados a ser miembros de élites, precisamente a causa de nuestro subdesarrollo.

Pertenecer a una élite no es necesariamente vergonzoso. Muchos de los guatemaltecos están colocados en grupos elitistas sin darse cuenta ni haber hecho nada para estar allí. En filosofía, algunas corrientes califican a ese grupo a veces mínimo de personas y los señalan de ser quienes en realidad cuentan, al ser importantes en cada ramo o campo de actividades, y toman las decisiones en el gobierno. Hay élites de élites y estas deben permanecer evitando lo más posible inmiscuirse en el campo de acción de las otras. Un ejemplo son los sacerdotes y pastores, quienes sobre todo en los últimos tiempos han afianzado su intención de mezclarse en asuntos políticos, por tanto mundanos. Y otro son las élites económicas cuando intentan gobernar.

Hay un aspecto notorio en sociedades como la nuestra. La minoría politiquera avanza sin parar y sin vergüenza, apoderándose del país por confabularse con otras élites y pacta el intercambio de inmoralidades, ilegalidades y burlas a la ley. La mayoría ciudadana no se interesa en lo político porque ha llegado a convencerse, ante la evidencia, de ser un sinónimo de pillaje, corrupción, burla a la ley e inepto-cleptocracia. La minoría de la élite económica superior se encuentra muy temerosa de la desaparición del actual statu quo, y no se ha dado cuenta de hasta dónde llegan los cambios experimentados por el mundo actual. La defensa de sus intereses, actitud legítima, se ve afectada o tiene efectos contraproducentes debido a su posición “blanconegrista” de sus argumentos.

Estas consideraciones sobre un tema en apariencia no relacionado con la vida real, son útiles porque permiten al ciudadano tener puntos de vista adicionales para tomar sus decisiones con base en varias fuentes de pensamiento, no solo de una, porque esto último sería dogmatismo, obediencia sin cuestionamientos a determinada idea o forma de aplicarla. Algunos no se animan a conversar con personas de criterios o ideas distintas, total o parcialmente, porque temen ser convencidas por los argumentos del interlocutor, olvidando aquel viejo dicho español “del enemigo, el consejo”. El cambio o evolución de un criterio, al hacerse de forma consciente, dice mucho de la madurez de quien está dispuesto a hacerlo si recibe insumos distintos y toma la decisión con libertad.

Entonces, en Guatemala hablar de élites sin un adjetivo, muchas veces provoca en los interlocutores llegar a conclusiones equivocadas, pero también se les puede y se les debe criticar por estar integradas por seres humanos. Creo necesario recordar cuáles son los miedos causantes del actuar humano: el de perder, en el sentido de descubrir errores sostenidos, tal vez toda una vida. Visto desde otro ángulo, ser miembro de una élite, sobre todo en los campos de la política, la economía y la educación, implica responsabilidades y permite pensar en temas tan controversiales, por ser malentendidos, como son los límites de la libertad, más allá de los marcados por la ley. Saberse miembro de una élite ayuda a tomar conciencia de las tareas personales como integrante de una sociedad.