Mirador

El tsunami del coronapánico

Pedro Trujillowww.miradorprensa.blogspot.com

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En algún momento —no ahora— se hará un análisis del impacto del coronavirus más allá de aspectos relacionados con la salud. La primera plaga del mundo de las redes ha generado su propia pandemia: la mediático-alarmista. Grandes catástrofes suelen ir acompañadas por alarmismos que generan confusión y contribuyen al desconcierto, de ahí la vieja lección de: en caso de alarma, conserve la calma.

Es innegable el rápido contagio de la enfermedad y su propagación, pero las redes, capaces de alborotarlo todo, han hecho del coronavirus una excusa para que cada uno aporte al caos su parte de pánico o irresponsabilidad. Sin necesidad, se han vaciado supermercados y agotado todo lo vendible, cerrado centros de enseñanza o cortado la comunicación con el mundo, entre otras cosas. Con el ánimo saludable de evitar la contaminación de otros, hemos olvidado que lo único que se podrá hacer es retrasarla y seguramente en el futuro próximo veremos una crisis económica que igual termina afectando a muchas más personas.

Ese tsunami de opinión ha hecho que el ciudadano exija a sus autoridades no importa qué barbaridad, bajo un miedo imaginario y superior a la realidad. La responsabilidad individual se ha subsumido en la gestión del liderazgo político, que ha seguido las pautas de la presión pública, generada de forma similar a la que ocurrió con aquel efecto Y2K, olvidado o no conocido por muchos que ahora usan redes.

El pánico ha liderado la toma de decisiones, y lo racional se ha supeditado a la emotividad del momento transmitida inmediatamente por redes a las que estamos suscritos. Se ha percibido clara diferencia entre lo que dicen políticos y algunos medios de comunicación y las recomendaciones de científicos, mucho más sosegadas y menos alarmistas. Y es que nos gusta la bulla, el chisme y poner fotos de calles vacías o pacientes en el hospital. ¡No nos engañemos!

El jodido virus ha evidenciado que la sanidad pública más avanzada parece no estar preparada para catástrofes, y la acumulación en cuidados intensivos de muchas personas —no todas por coronavirus— ha generado la vieja práctica de la medicina de guerra, que clasifica y atiende a quienes tienen posibilidades de supervivir, dejando a otros a su suerte. También ha crecido el nacionalismo y la consecuente exaltación patriótica, y la emotividad ocultará nuevamente los grandes errores de la organización política, que falla a cada prueba extrema a la que es sometida.

Aquello de “Más vale prevenir que curar” —que es cierto— o esto otro de “Cualquier medida es buena para evitar el contagio”, no se aleja mucho del viejo postulado del “fin justifica los medios”. Lo triste es que en pleno siglo XXI, cuando la humanidad ha avanzado más que nunca, sigamos sin utilizar la razón con el nivel esperado y deseado, además de acorde con las circunstancias.

Lo que sí quede seguramente para el futuro es que podemos hacer muchos trabajos desde casa, cambiar el horario en ciertos establecimientos, que China es el país que más contamina el medioambiente, que a la Opep no le gustan las crisis, que la ley de la oferta y la demanda es clave para comprender los precios, que es preciso potenciar la enseñanza virtual y modificar el horario escolar y que las oraciones hay que hacerlas en soledad, para evitar contagios.

Seguramente y de forma milagrosa, China, Rusia, USA o Bukele terminen con el coronavirus, y la plebe se exaltará de nuevo con otro asunto por venir. Mientras, la razón parece estancada en principios del siglo pasado y pocos se acuerdan de ella. Dicho esto: evite infectarse.