Catalejo

Electorado: divisiones y sus posibles causas

Mario Antonio Sandoval

Las elecciones tienen dos participantes: los candidatos, quienes buscan el voto ciudadano, y los votantes, quienes lo otorgan. ¡Qué descubrimiento…! Los primeros no son iguales y a la vez tienen divisiones, pero entre los segundos hay también grupos. De estas divisiones se deriva buena parte de la grave y vergonzosa situación actual del país en todos los órdenes. Un ejemplo es el desprestigio de las autoridades, pues llega al colmo del desplante del presidente salvadoreño, Nayib Bukele, a Jimmy Morales, al no llegar a la reunión del Sica para recibir la presidencia pro tempore de esa entidad. Esto tiene relación indirecta con los comicios de este domingo porque es un rechazo parecido al existente entre quienes, hastiados, no desean participar.

Algunos viejos dichos de política son duros pero claros. Un país tiene el gobierno que merece, expresa uno de ellos. Esto se refiere al interés demostrado por los votantes para participar, y depende de circunstancias diversas. La peor es el desinterés, la renuncia a entender o al menos enterarse de cómo debe funcionar una democracia representativa como la teórica existente de Guatemala. Este desinterés, por su parte, tiene facciones. Uno es el resultado de la escasa o nula educación como consecuencia de la mala calidad de la escuela en cualquiera de sus niveles. Evidentemente, si no hay educación, la democracia tiene en sí misma el germen de su propia destrucción.

El desinterés generalizado provoca el aprovechamiento mezquino entre quienes participan en política sabiendo perfectamente la facilidad de engañar como producto de la ignorancia. Allí nace el populismo, semilla de la dictadura ya sea al estilo latinoamericano o de democracias avanzadas, como la de Estados Unidos. Otro resultado del desinterés es la participación minoritaria y con ello el surgimiento de gobiernos con legalidad pero sin legitimidad. Tomar en cuenta solo los votos válidos fue una decisión tomada desde 1985 con el fin de facilitar la casi imposible tarea de lograr una mayoría absoluta, de la mitad más uno. Por tal motivo, en las actuales de dentro de seis días es imprescindible aumentar la participación y así forzar a segunda vuelta.

Faltan pocas horas, solo 144, para las elecciones. En este corto tiempo se puede lograr un aumento de la participación juvenil, de 18 a 30 años, cuyos miembros han vivido toda su vida en un país con elecciones cada cuatro años, con la excepción del gobierno presidido por Ramiro de León Carpio a causa del serranazo. En este grupo están, de hecho, quienes tienen entre 30 y 40 años. Esta mayoría de la población alberga el mayor desencanto y la explicable reacción de darle la espalda a los procesos electorales y, en general, a la manera de hacer gobierno. Pero si se ausentan por rechazo, este se vuelve un voto favorable a la vieja política, cuya meta es el empeoramiento y derrumbe total del país, a causa de quedar ya formalmente en manos del narco-crimen.

Considerar cándido o corrupto a quien no apoya el voto nulo es —como mínimo— ingenuidad o incapacidad de ver las corrientes subterráneas de los contaminados ríos de la política. Ciertamente es una forma válida de expresión, pero solo debe considerarse su uso en condiciones normales. Cuando la situación es como la actual de Guatemala, es un apoyo a la peor opción porque la beneficia al aumentar el valor porcentual de sus votos. No entender esto es también ser muy inocente. Por eso se debe instar a la participación y al voto válido, porque su fin principal no es lograr una victoria en primera vuelta, sino asegurar una segunda, como ha sido siempre. La división de los votantes no debe incluir a un grupo irreflexivo para beneficiar a esa peor opción.