Aleph

En un Estado capturado, la poesía es libertad

Carolina Escobar

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Me traje un montón de versos y esperanza del XV Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango (FIPQ). Las salas llenas, la poesía haciéndose presente en la capital guatemalteca, en Totonicapán, San Marcos, la frontera con México, en cárceles, universidades, escuelas, albergues para víctimas de trata y violencia sexual, en centros educativos y de cultura, entre más. Poetas inmensos de todos los continentes y todas las edades, jóvenes tallando la palabra para devolver esperanza, públicos con sed de poesía, todo junto alrededor de un FIPQ que superó todas las expectativas de sus organizadores.

Se dice fácil, pero sostener durante 15 años un festival de poesía es el poema mayor. Guatemala aún viste de analfabetismo, sangre, desnutrición y diarrea su presente y su futuro, y la clase política, que tiene en sus manos buena parte de los destinos del país, es mayormente analfabeta funcional (siempre me pregunto cuántos de ellos leerán). Con todo, la Asociación Metáfora, Marvin García, Karla Samayoa y un manojo de jóvenes y personas voluntarias a lo largo de estos años han hecho de este festival una celebración de la palabra que consigue instalar nostalgia por la jornada concluida e ilusión por la que llega.

Este año, el FIPQ fue dedicado a Ana María Rodas y a las mujeres desaparecidas o a las que buscan a sus familiares desaparecidos. Privilegio el mío poder escuchar y abrazar a la mujer eterna que en su juventud escribió Poemas de la izquierda erótica, transgrediendo una y otra y otra vez la macondiana sociedad de los años 70 y 80. Privilegio el mío sentarme al lado de Mayarí de León, hija del escritor Luis de León Díaz, secuestrado y desaparecido en mayo de 1984.

Ella ha transformado el dolor en una biblioteca, en espacios de cultura, educación y formación para niños y niñas de Guatemala. Poesía para nombrar lo que no se nombra, poesía para hacer existir a las 45 mil personas desaparecidas durante la guerra, poesía para recordar que cada día desaparecen cuatro mujeres y 16 niñas y niños en Guatemala.

Dijo la poetisa panameña Lucy Chau que ella solo supo que las personas desaparecían cuando escuchó, a los 10 años, la canción de Rubén Blades Desapariciones, que pregunta ¿Adónde van los desaparecidos? ¿Cuándo vuelve el desaparecido? ¿Cómo se le habla al desaparecido? En la otra punta de la América Central, las desapariciones no han cruzado —como aquí— los cuerpos y las vidas de la gente por generaciones.

Arrodillada ante la palabra como vivo, no puedo sino agradecer que se abran espacios para la poesía en Guatemalat. Este Estado capturado en todas las esferas de la vida en sociedad precisa de poesía, de verdad y de canción; hace falta ponerle belleza al dolor y salirle al paso al desencanto. La esperanza se busca a sí misma en la poesía porque, como dice el matemático y poeta Pedro Poitevin, “el corazón golpea la boca y dice”. Sí, me reencontré con Pedro Poitevin y la poesía se encargó de devolver los tiempos de la universidad, de la música y las matemáticas tan cercanas a la poesía y la Guatemala en la que nos tocó, por azar, nacer.

Vengo de la poesía de Ana María Rodas, Alberto Serrano, Luis Morales, Juana Ramos, Abraham El-Khassar, Delia Quiñónez, Rodolfo Dada, Raúl Zurita, Gabriel Chávez, Negma Coy, Lucy Chau, Alejandro Marré, Kyo D’Assassin, Alfredo Trejos, Margarita Drago, Nora Murillo, Pedro Poitevin, Chary Gumeta, Waldo Leyva, Victoria Colaj, Javier Peralta, Felipe Tambriz, Paula Andr, Valerie Forgues, Nicole Cage y tantos más. Vengo de los poemas del niño colombiano que dijo: “yo soy el otro que está frente al otro”.

Vengo de las caras de la juventud que no se perdió una palabra de nuestra aburridísima poesía, vengo de esa joven que tomó el micrófono y dijo que un verso le había salvado la vida. Que la poesía se siga abriendo lugar en Guatemala, que cada día recuperemos el sentido profundo de vida o, al menos, que a través de la poesía recordemos a quienes dejamos de ver un día, pero nunca se fueron.