Mirador

Entre México y Puerto Rico

Pedro Trujillowww.miradorprensa.blogspot.com

Casi sesenta años separan a don Chente (Vicente Fernández) de Benito Antonio (Bad Bunny) y, en ese amplio intervalo generacional, nacieron el Potrillo (Alejandro Fernández) y el Sol de México (Luis Miguel). A pesar de la diferencia de edad entre ellos, pregonan lo mismo y son amplia y calurosamente aplaudidos por exaltadas multitudes. Frases como: “Te miré, estabas tan bonita, tan sensual”; “Al ras de tu escote, tu lunar, Ayyy, hay amor”; “Porque quieras o no, yo soy tu dueño; “Te vas porque yo quiero que te vayas”; “No hay mujer en este mundo que pueda resistirse a los detalles”; “Tiene un culito ahí que le acabó de textear”; “Ella es una diabla, bla-bla-bla o “Se transforma en la cama, ma-ma-ma”, forman parte de sus canciones ¡No de todas, afortunadamente!

Visten el ceñido traje típico mexicano —con o sin pistola al cinto, pero siempre con sombrero—, se presentan con elegancia formal —como Luisito—, más propia de los años 40 que del siglo XXI, o con vestimenta casual del conejo malo, aunque guste de Gucci. Los más veteranos entonan gorgoritos melódicos, empalagosos, fuertes y entonados, pero también se oye el “yeh, yeh, yeh” que usa hasta el empacho el más joven de ellos. Son aplaudidos por multitud de hombres y mujeres alrededor del mundo que corean las letras de sus sones y no hay grupo etario que no esté representado en sus conciertos, además de despertar sorprendente fogosidad, generalmente femenina. Y es que hay cosas que permanecen en el tiempo y apenas cambian, porque el fondo continúa idéntico.

No se habla del contenido machista, violento y sexualmente denigrante de algunas letras de sus canciones y se consiente pasivamente porque pareciera ser políticamente incorrecto criticar el arte canoro —histórico, tradicional o moderno— de esos hombretones. El control sobre la mujer, el menosprecio y el uso —y abuso— sexual, se muestran implícita y explícitamente en coplas que pasean por escenarios mundiales mientras los asistentes gritan enardecidos o tararean la tonada, sin percibir que, en definitiva, contribuyen a una especie de linchamiento musical.

No veo en redes —¡no me culpen de ello!— una mínima crítica de esas actitudes de hoy, de ayer y de siempre, que se siguen promoviendo sin importar la edad, el estrato social o el género. En estas cuestiones todos estamos más o menos igual, pero de jodidos. Los movimientos feministas y otros grupos ruidosos por cualquier cosa —excepto Paquita la del Barrio, que salió igual de ofensiva— callan o bajan la voz porque guardar silencio es más conveniente, cómodo, y evita confrontaciones. Me sorprende muy negativamente que jóvenes, educados en un entorno unisex, gusten de modas que presentan a la mujer de forma chabacana, utilitarista y ramplona, y entonen constantemente ciertas estrofas como poseídos. ¿Entenderán el contenido?
Tuve la mala suerte de soportar “a la fuerza” una intensa sesión de Bad Bunny —quizá el próximo Nobel de Literatura— en la que comprendí lo de “bad” —lo de bunny me lo deben—, no solo por el ritmo monótono, sino porque eso de “yeh” repetido después de: “Tú sabe’ que eres mía, mía. Tú misma lo decías cuando yo te lo hacía”, me parece chanflón y grotesco. Por tanto, en cuanto pude cambié la emisora para escuchar: “Amigo, qué te pasa, estás llorando. Seguro es por desdenes de mujeres. No hay golpe más mortal para los hombres, que el llanto y el desprecio de esos seres”.

Y es que puestos a maltratar, nada como lo clásico, lo de siempre, y con mariachis. No hay que perder el glamur, ¡antes muerto que sencillo!