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Estragos de la pandemia hace cien años

José Molina Calderón josemolina@live.com

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La pandemia de la gripe española fue muy fuerte, de 1918 a 1920. El Diario de Centroamérica del 13 de diciembre de 1918 dice textualmente lo siguiente: En Huehuetenango, la enfermedad continúa con fuerza. Sus estragos han sido terribles, habiendo fallecido, entre muchas personas, el jefe político, el juez, y algunas otras personas de importancia.

Sergio Samayoa, en la revista El Sol de Huehuetenango del 21 de abril de 2020 relata que el escritor huehueteco César Augusto de León Morales, en su novela La Peste (60 capítulos, Guatemala 2001), de igual nombre que la novela de Albert Camus, hace una detallada narración de lo ocurrido en 1920, cuando la pandemia golpeó fuertemente el occidente del país.

Agrega Samayoa que la villa de Huehuetenango fue atacada fuertemente por la gripe española durante los meses de marzo a julio de 1920. Cientos de huehuetecos, especialmente jóvenes, murieron, al extremo de que ya no había espacio en el cementerio general y las autoridades autorizaron enterrar a los fallecidos en los cerros aledaños, sin velorio y sin acompañamiento de vecinos y familiares porque todos tenían miedo de ser contagiados. En cajones rústicos eran enterradas las víctimas de esta fiebre, o calentura, como le llamaban los bisabuelos. Los más pobres eran envueltos en petates y rápidamente inhumados. No había medicina. Verbena con café amargo recomendaban las curanderas. Los más fuertes se salvaron, pero cientos de nuestros antepasados murieron en esos meses de angustia.

De León Morales hace una detallada narración de esa pandemia, que después alcanzó a la villa en ese fatídico 1920. Aunque no menciona el nombre, se entiende que fue Huehuetenango. En 60 capítulos describe la vida de aquellos años y llega al desenlace de la narración con la descripción de las medidas adoptadas por las autoridades y vecinos. El aislamiento social fue indispensable e instintivo. Los comunicados oficiales se hacían por bandos en cada esquina del pequeño pueblo, acompañados de la banda marcial. Se transcriben algunos párrafos:

Capítulo 51
A mediados de mayo aumentaron las víctimas. La peste golpeaba a los jóvenes y les rompía la vida en menos tiempo del imaginado. La pulmonía doble con que se complicaba la gripe, por más que se evitaran las corrientes de aire y se mantuviera abrigado al paciente, mataba sin misericordia. La angustia se abrió como una negra flor… Los velorios se multiplicaban en proporción a las rogativas, rezos, penitencias, confesiones, misas, reconciliaciones y ayunos.

Por orden del general Austreberto Contreras, todas las noches, en el corredor del Ayuntamiento, se encendía el viejo radio receptor público, para que los vecinos que así lo desearan se pusieran al tanto de las noticias que sobre la peste provenían de otras partes del mundo —tal vez eso nos sirva de consuelo, pues donde quiera hay dolor, dijo el general al doctor Juan Montalvo.

Capítulo 57
El comandante de Armas, el alcalde Primero y los doctores Montalvo y Hurtarte se reunieron en la comandancia el martes de la última semana de junio. La situación era grave y se hacía necesario adoptar decisiones radicales que esa misma mañana se publicarían por bando. Los médicos insistieron en la urgencia de evitar, hasta donde fuera posible, el contagio. De modo que las víctimas de la epidemia deberían ser sepultadas inmediatamente después del deceso. La escuela debería cerrarse desde el día siguiente. Así mismo la catedral, el salón del billar y las fondas del pueblo. Los vecinos que tuvieran huertas, hortalizas y terrenos con cultivos de granos básicos quedaban obligados a proveer alimentos a precios de costo…