Mirador

Golondrinas en el Congreso

Pedro Trujillowww.miradorprensa.blogspot.com

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Vicenta Jerónimo, diputada del MLP, no aceptó el almuerzo —pagado con nuestros impuestos— que se ofrece a los congresistas durante las sesiones del mediodía, y alegó —con razón— que hay otras horas mejores para esas reuniones. Otros diputados decidieron no suscribir el seguro médico —también pagado con impuestos— que igualmente ofrece el Legislativo a los parlamentarios en vez del IGSS, seguro de salud estatal que ellos promueven, regulan y supervisan.

Esas actitudes generan la pregunta de si renunciar a ciertos privilegios hace la diferencia entre los políticos. En puridad conceptual pareciera que no, porque el trabajo final debería ser el resultado sobre el que evaluar al legislador. Sin embargo, la política es cada vez más emotiva y visceral que racional y sensata y, en un país harto de tanto político mañoso, corrupto, delincuente, narcotraficante o prófugo, es normal que esos detalles aporten valor a la discusión y sean percibidos como muy positivos.

Sea un acto populista, popular o genuino, lo cierto es que el ciudadano ve con buenos ojos el hecho de que un grupito se separe de esa tónica de disfrute de privilegios que se recetan políticos y sindicalistas en connivencia y apoyo mutuo. Un país en el que todavía mueren de hambre muchos niños o quedan desnutridos y afectados de por vida no puede permitirse esa forma de vida que se da la mayoría de autoridades. O son sueldos que sobrepasan los de países con renta per cápita triple que la nacional o bien privilegios que terminan por encarecer el funcionario a niveles difícilmente evaluables. No es casualidad el interés por ocupar ciertos cargos o por mantenerse en ellos, a pesar de que los aparentes salarios no deberían provocar tales angustias al perderlos o generar ilusiones por alcanzarlos.

El funcionario, además de ingresar por oposición a cualquier puesto, debería tener un salario único basado en competencias, responsabilidad, riesgo y especialización. Sus gastos en salud, seguro de vida, gasolina para el carro o pantagruélicas comidas con finos licores tendría que salir de su peculio, al igual que ocurre con el resto de personas, pero jamás de erario que debería utilizarse para otros fines.

Igualmente, los sindicatos estatales deberían desaparecer, puesto que si la labor de los mismos es mediar entre el patrón y los trabajadores, no tiene sentido que el “patrón Estado” negocie con aquellos que lo extorsionan y cuyo costo no es asumido por él, sino por resignados ciudadanos pagadores de impuestos que siempre quedan al margen de la negociación. Dicho en román paladino: se produce una suerte de chantaje/soborno de unos a otros que se soluciona con un pacto cómplice en beneficio de ambos, y cuyo costo pagamos el resto.

Quizá una golondrina no haga verano, pero se le oye trisar a lo lejos y muchos miran a ver si el calor es más intenso y el estío se aproxima. En esta ocasión, los diputados que han renunciado a privilegios de comidas o seguros médicos han llamado la atención del elector y rentabilizado su imagen a bajo costo. Eso, además de ser una inversión política para el futuro, supone un acto de honestidad y una iniciativa que seguramente traerá otros debates sobre el uso adecuado del dinero público y cómo debe gastarse para los fines establecidos, y no para pagar desmanes de algunos impresentables, como aquel que gastó una grosera cantidad en mariscos.

Los grandes cambios inician con pequeñas muestras que construyen y jalonan el camino hacia la decencia, aunque algunos todavía prefirieran contumazmente seguir en el barro.