Economía para todos

Gripe española vista con ojos de militar

José Molina Calderón josemolina@live.com

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El coronel Guillermo Flores Avendaño (San Andrés Itzapa, Chimaltenango, 1894-1982), en su libro Memorias, Tomo I. Guatemala Editorial de El Ejército. 368 pp., hace un relato de los efectos de la gripe española estando él de alta en el Ejército de Guatemala.

El libro tiene dos tomos, y al final del segundo relata brevemente cuando desempeñó el cargo de presidente de la República, en forma temporal, del 27 de octubre de 1957 al 1 de marzo de 1958. Fue un gobierno de transición al que le siguió el general Miguel Ydígoras Fuentes. Seguidamente se comentan extractos del libro.

En la Navidad del 25 de diciembre de 1918, a las 11.30 de la noche ocurrió lo tremendo, lo nunca imaginado: el sismo fue prolongado, a veces suave, a veces intenso. Fue un terremoto que destruyó la capital de Guatemala. Por casi un mes se estremeció la tierra amenazante.

El clima de insalubridad en que se vivía dio paso a numerosas enfermedades, con serio peligro para la salud de la población, y fue en esta precaria situación que se hizo presente la gripe, influenza española o trancazo, como le llamaban al terrible flagelo que tantas víctimas cobrara en todo el mundo.

La gripe española se desarrolló en la capital de Guatemala en los finales de 1918 y principios de 1919. Al principio se creyó que la epidemia era local, causada por las deplorables condiciones en que se vivía a causa del terremoto, dándosele poca importancia. Sin embargo, ante la cantidad de enfermos y lo significativo de las personas que morían, se comprendió que el caso era grave y que el país se enfrentaba a otra verdadera calamidad. Era desconcertante para autoridades y médicos una enfermedad que se manifestaba en diferentes formas y que en pocos días —a veces horas— daba cuenta de la víctima, sin que valieran recursos económicos, perfecto estado de salud y plenitud de vida.

Quizá fue entre personas jóvenes y robustas donde la muerte logró su mayor cosecha. Y el contagio era tal que familias enteras caían agobiadas por altas temperaturas, hemorragia nasal y agudos dolores musculares, de donde salió el nombre de trancazo, sucumbiendo muchas personas por falta de atención oportuna.

Esta epidemia, que indudablemente llegó del exterior, donde causaba grandes estragos, se propagó rápidamente en el país, siendo mortal en grado alto en las partes frías del altiplano occidental, como Totonicapán, Quetzaltenango y San Marcos. Pero fue la ciudad capital la más afectada, por unir, seguramente, lo populoso y las pésimas condiciones de salubridad, no obstante que las autoridades dictaron activas y enérgicas medidas para controlar el mal y evitar sus consecuencias.

Escuelas y colegios fueron cerrados; se prohibió la concurrencia a espectáculos públicos, ceremonias religiosas y mercados, hecho que paralizó actividades comerciales y sociales, dando a la ciudad un aspecto sombrío.

El efectivo de los cuarteles quedó diezmado por la hospitalización de los enfermos, muchos de los cuales murieron y otros salieron con licencia indefinida. Los médicos, sosteniendo diversos pareceres, se esforzaban por encontrar una fórmula o tratamiento capaz de atenuar la gravedad del mal, evitando su propagación y mortandad, y aunque en parte fue logrado, no se pudo evitar el desarrollo de la epidemia.

No cabe duda de que el ardiente sol de marzo contribuyó en grado sumo a la destrucción del microbio, y tenían razón los médicos que aconsejaban a sus pacientes la permanencia al sol el tiempo que fuera posible, cuidando evitar las corrientes de aire.