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Inflación: el peor de todos los impuestos

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Este año el estatismo se expandió con la complicidad de la mayoría de los ciudadanos del país destruyendo la economía de miles de personas. Quienes nos gobiernan decretaron estados de excepción que fueron aprobados rápida y ampliamente por los diputados de casi todas las bancadas. Las pocas voces en contra éramos atacadas diciéndonos que no nos importaban la vida sino el dinero, entre otras cosas. Ahora que sabemos más, nos dan la razón. La economía si importa y salva vidas.

Hemos perdidos nuestras libertades y hemos dejado a un lado la responsabilidad individual frente a un fenómeno que hizo temblar a todos los gobernantes del mundo. El nuestro se dejó llevar por el miedo y cerró el país de un solo. Cerró muchas actividades económicas consideradas no esenciales y dejó en la calle a cientos de miles de personas. Endeudó al país externa e internamente y lo que desde 1,994 no se había hecho, se utilizó dinero del Banco de Guatemala para darle un préstamo millonario al gobierno. Se hizo supuestamente como una excepción dado que está prohibido constitucionalmente, pero hay una cláusula que lo permite en casos extraordinarios. La inflación no se hizo esperar y ahora la estamos sufriendo en carne propia. Llevamos dos meses seguido por encima del límite superior que el mismo Banco de Guatemala estableció para este año. La variación interanual de la Inflación en octubre fue de 5.34% y en noviembre 2020 de 5.46%. La pregunta es si seguirá incrementándose o no.

La inflación es un fenómeno eminentemente monetario. La inflación es el exceso de quetzales que emite el Banco de Guatemala en relación con la demanda de estos. Aunque es casi imposible medir la demanda del quetzal. Sin embargo, esta no es la definición de inflación que la mayoría de gente y economistas utilizan. Tampoco la utiliza el Banco de Guatemala. La más popular que se conoce es el aumento generalizado y sostenido de los precios. Pero para mí, esta definición mide sólo uno de los efectos de la inflación y no llega a la verdadera causa. Lo que mide son las variaciones de un índice que se conoce como el Índice de Precios al Consumidor (IPC). Este índice refleja las fluctuaciones de precios de ciertos productos que han sido escogidos previamente, se les da una ponderación o peso sobre le total del índice y se calcula al final el mismo midiéndolos cada semana y cada mes.

El problema es que el índice recoge los aumentos de precios causados por razones que no considero propiamente inflación, según la definición primera que mencioné. Refleja esas variaciones de precios que responden a una escasez relativa con relación a otros bienes y servicios. Tal es el caso reciente de los huracanes IOTA y ETA que destruyeron cantidades importantes de productos agrícolas y ganado disminuyendo temporalmente su oferta relativa e incrementando así su precio. También se reflejan los incrementos o disminuciones de precios del petróleo y sus derivados del cual Guatemala un importador neto. Aunque las variaciones en estos precios (petróleo, gasolinas, maíz, frijol, carne, etc.…) sean reflejadas por el IPC (Índice de Precios al Consumidor) no las considero inflacionarias.

La inflación es el peor de los impuestos y el gobierno, a través de la emisión monetaria más allá de la demanda del dinero por parte de su Banco Central, es el causante principal de ella. Disminuye así la riqueza de las personas, en especial a los más pobres, los que viven al día. Reduce los ingresos reales de los asalariados. Destruye los ahorros. Distorsiona la economía ya que no a todos les afecta por igual y algunos bienes y servicios sufren de primero mientras que otros de último. Beneficia a los deudores a costa de los acreedores. El presidente del banco de Guatemala y sus asesores deben reconsiderar la política monetaria para evitar mayores daños.