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Inter mirifica inventa

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

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El último mandato de Jesús a sus discípulos dio origen a la misión: anunciar el evangelio a toda persona, en todos los pueblos y naciones, en todos los tiempos y lugares. La predicación, la enseñanza, la transmisión de la doctrina de la fe constituyen la razón de ser de la Iglesia. Ella crece a través de la comunicación del evangelio, que se hace fundamentalmente a través del lenguaje. Por eso los responsables de fomentar, cuidar, ampliar esa comunicación verbal eclesial han estado también interesados en el desarrollo de los medios de comunicación.

La Iglesia se sirvió desde sus inicios de la escritura, el principal medio de comunicación de la época, para preservar y transmitir su fe. San Pablo se comunicaba con las comunidades que había evangelizado a través de cartas. Desde entonces, la carta fue un instrumento pastoral al servicio del cuidado de comunidades y fieles. La memoria de los acontecimientos que dieron origen al cristianismo se consignó por escrito y los documentos resultantes se copiaron una y otra vez y se leyeron en todas las iglesias. Los cristianos fueron los inventores del libro encuadernado, mucho más cómodo de utilizar que el rollo, que era la forma común de los libros antiguos. Los “escritorios”, es decir talleres para la producción de libros por copia manuscrita, fueron parte esencial de los monasterios y oficio principal de los monjes aptos para el oficio durante la edad media. Los cristianos inventaron la escritura minúscula y cursiva, para una producción más ágil de los libros. Hasta entonces, tanto el griego como el latín se escribían con letras mayúsculas. La invención de la imprenta de tipos móviles en el siglo XV tuvo motivaciones evangelizadoras, y la primera obra impresa fue una Biblia.

Las autoridades de la Iglesia siguieron muy de cerca el desarrollo de los medios de comunicación, primero los impresos, como los libros y la prensa, y luego los que se basaron en nuevas tecnologías como la radio, el teléfono, el cine, la televisión y no digamos todas las plataformas de comunicación, de recientísima invención, que tienen como sustrato internet. Por eso, en la remota década de los sesenta del siglo pasado, los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II emitieron un decreto sobre los medios de comunicación social. Se conoce por sus primeras palabras en latín, Inter mirifica inventa. En español: Entre los maravillosos inventos. Ese documento expone la dimensión ética y moral de los medios. También propiciaba la institución de un día dedicado al fomento del buen uso de los medios de comunicación social. Ese día se celebra mañana: la Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social.

La Iglesia utiliza los medios de comunicación como instrumentos al servicio de su tarea evangelizadora. La pandemia ha propiciado un desarrollo de habilidades de comunicación mediática desconocidas o escasamente utilizadas antes para la acción pastoral. Pero los medios tienen actualmente un uso mucho más amplio fuera de la Iglesia. La cultura de la globalización surge a partir de la red de comunicaciones de alcance mundial. La interconexión comunicativa es la estructura de nuestra cultura, para bien y para mal.

Como toda actividad humana, también la comunicación tiene su ética, que se funda en la que gobierna desde antiguo el uso del lenguaje. La veracidad en la información, la honestidad en el entretenimiento; la libertad para emitir y recibir información y conocimiento; la censura legal de la instrumentalización de los medios para el crimen; la elaboración de leyes que garanticen que los medios sirvan al bien común son algunos de los principios éticos que gobiernan el uso de los medios de comunicación.