Catalejo

La crítica a la prensa dentro de sus espacios

Mario Antonio Sandoval

Cerca de celebrarse a nivel mundial el Día de la Libertad de Prensa, el próximo 3 de mayo, conviene dedicar unos momentos a pensar en la situación actual de esa libertad, hermana gemela de la Libertad de Emisión del Pensamiento. Creo innecesario hablar de la indispensabilidad de tenerla para poder crear y sostener uno de los básicos principios democráticos; es decir, el derecho de informar y ser informado, de opinar y de recibir opiniones, así como de disentir. Igualmente es innecesario señalar el peligro de esta libertad por las presiones de los gobiernos totalitarios o en camino de convertirse en dictaduras, como lamentable pero no totalmente claro para los ciudadanos, es el caso de Guatemala.

Las redes sociales han hecho un daño terrible a la libertad de Prensa, porque esta implica responsabilidad al actuar profesionalmente con la comprobación de hechos. Dicho en el peor de los sentidos, hoy cualquiera puede escribir o filmar y lanzar sus diatribas a una sociedad, sobre todo en las generaciones menores a 30 años, desacostumbrada a pensar, acción sustituida por aceptar “verdades” de escasa o nula validez y dependiente de cuántos “me gusta” son arrebatados del intelecto colectivo —no de la masa, término peyorativo al referirse a la población—. El trabajo periodístico serio es grotescamente sustituido por mensajes cuya intencionalidad es imposible de saber ni verificar. En esas circunstancias, el tema de la libertad de prensa adquiere mayor importancia.

Lo he dicho antes: no existe la prensa. No es uniforme, sino diferente porque hay hombres y mujeres dedicados profesionalmente a informar y a opinar, acompañados de personas sin estudios profesionales periodísticos, pero capaces de valiosos comentaristas, porque para ello solo necesitan pensar. La editorial, es decir, la voz oficial de una institución informativa, debe tener al lado una sección de opiniones donde quepan criterios distintos incluso a las del medio. Es una contribución doble: al periodismo, a la difusión de calificativos de acciones o predecesoras de estas, y con ello a los grupos de lectores. La tarea de columnista comparte con la del periodista la necesaria referencia a hechos, con la ventaja de emplear el derecho de pensar distinto y a calificar.

Éticamente, la crítica y la autocrítica a la prensa, dentro de la prensa, es válida y necesaria, pero no por ello debe incluir la descalificación, la generalización imperfecta y la afirmación de hechos distintos a la realidad. César García E. es un excelente columnista, al punto de poder escribir artículos en prosa, pero realmente versos en octavas reales, cuyas líneas tienen ocho sílabas. Ojalá publicara estos trabajos, como le he sugerido. El domingo anterior me sorprendió su ataque frontal y con falacias contra la prensa. Dice: “los medios privados han demostrado singular oficiosidad al trasladar a pie juntillas, todos los mensajes del gobierno, aun cuando tengan como objetivo hacer aviesos negocios.”

Agrega: “Apuestan los medios de comunicación alineados a los gobiernos que es sostenible la pauta oficial después del colapso de la economía”. “La prensa es laxa y suscribe la ficción de que el encierro… resultan ser la solución… para encubrir el fracaso gubernamental”. “Se unen en una voz con el corrupto, ¡infames!” “El contubernio entre la prensa y el Estado no es nuevo, y a este se adhiere, sin mucho disimulo, la Iglesia” —es decir, la católica—. Si toda la prensa, sin excepción alguna, actúa de esa manera y él está convencido de ello, su dilema ético es claro y debería dejar de escribir por ese medio. La falacia de generalización imperfecta surge porque hay criterios distintos a los suyos. No puede ser. Por eso, así como él termina sus artículos con un ¡piénselo!, le pido hacerlo.