Catalejo

La difícil tarea de hallar personas sin manchas

Mario Antonio Sandoval

La clase política guatemalteca, en la práctica, es un club al cual solo pueden ingresar personas con manchas derivadas de sus actividades personales anteriores, o dispuestas a mancharse en el proceso, como parte de una carrera politiquera en la cual la corrección es inexistente y la disposición a la ilegalidad es innegable. Ello explica la corrupción, los abusos de todo tipo, como el nepotismo, la desfachatez y todas las demás lacras presentes desde el principio, y desarrolladas en las siguientes seis elecciones, hasta llegar al actual gobierno, donde se presenta la exaltación extrema de todos, o casi todos, los males políticos y con ello el rechazo de buena parte de la población a la democracia, aunque la existente en el país solo sea una burla grotesca a sus principios.

Al no existir partidos políticos, sino simples grupos casi equivalentes a hordas integradas por gente dispuesta al pillaje, se dificultan sobremanera dos situaciones: una, la de hacer esfuerzos serios por establecer verdaderos partidos políticos, un proceso de ninguna manera instantáneo, sino necesitado del transcurso de un tiempo de alguna manera largo, aunque sean unos pocos años. Por ello, la única manera de hacer esos partidos estilo café instantáneo es colocar algunas normas mínimas en cuanto al tiempo mínimo desde su fundación hasta su primera participación en una batalla electoral, sobre todo a nivel presidencial. Se puede iniciar, por ejemplo, con participación para luchar por las alcaldías y por la integración del importantísimo Congreso de la República.

Al no haber estas limitaciones, los nuevos partidos tienen un serio problema para convencer a personas intachables, porque se ven obligados, o quieren actuar de esa manera, a buscar entre el cementerio de los politiqueros trasnochados y desprestigiados, quienes evidentemente aceptan participar y simplemente seguir actuando de la manera despreciable como lo hicieron en anteriores oportunidades. Se puede aplicar el viejo dicho según el cual una máquina es tan débil como la más débil de sus partes: un partido será tan malo como el más corrupto de sus integrantes. Permitir y, peor aún, solicitar la presencia de gente desprestigiada, desprestigia a los demás integrantes del partido, convirtiéndolo en una muestra más del abuso y de la burla a los ciudadanos, votantes o no.

Esta queja de los organizadores de partidos se ha mantenido desde 1984, cuando se realizaron las elecciones de la Constituyente. Otras razones de la falta de interés son las dudas sobre las verdaderas intenciones de los capataces de los partidos, los salpicones del transfuguismo de otros, la inocencia en cuanto a no recordar la vieja frase de “piensa mal y acertarás”. De ese año a esta parte se han organizado casi 90 “partidos”, la mayoría de ellos víctimas de la guadaña del rechazo popular. No hay ni uno solo cuya vida haya sido igual a la existencia de este período actual de democracia electorera tropical, cuyos efectos son las presidencias de siete binomios, de los cuales solo dos o tres casos son personas cuyo prestigio personal se mantuvo luego de salir del gobierno.

Otros motivos de esta proliferación de diz que partidos son: la idea vendida o emanada de personas vistas a sí mismas como magos merlines con todo y varita mágica; la sociedad dividida en grupos raciales —indígenas y ladinos—, creencias religiosas, aunque sean divisiones del cristianismo histórico, basado en el bien al prójimo y en la búsqueda de una vida eterna, con adoradores de la prosperidad material en la tierra, basada en la riqueza. Todo esto espanta a quienes quieren apoyar desinteresadamente al desarrollo del país y por ello lo hacen vía las organizaciones de voluntariado o de organizaciones no gubernamentales, desafortunadamente convertidas en instrumentos de influencia extranjera. El panorama , es desafortunado y doloroso, porque lleva al abismo a un país condenado a hacer lo mismo, y por ello, obtener lo mismo o peor.