Catalejo

La fuerza torrista no resulta tan sólida

Mario Antonio Sandoval

La más reciente decisión de la CC en favor de Sandra Torres ha tenido el efecto en muchos ciudadanos de descorazonarse, de pensar en la imposibilidad de cambios, y de evitar el resultado cuya meta parece ser apoyada por sus integrantes. Estos personajes inocentes porque apoyaron el “tamal” politiquero preparado por abogados de dudosísima calidad para hundir al Derecho, como lo hizo la mayoría de la Corte Suprema al apoyar a Alejos. En el caso Torres, la salida de los magistrados opuestos a esta güisachada era simple: renunciar. Al no hacerlo se convirtieron en comparsas o, peor aún, cómplices de hecho. En algunos momentos es imposible no tomar en cuenta el espíritu de las leyes y la preocupación por los resultados, casi siempre evidentes cuando ya son irremediables.

Sandra Torres se encuentra en una posición cuya imagen de fortaleza puede ser menor, si se toman en cuenta los resultados de la más reciente encuesta de Gallup. Al desaparecer del escenario Zury Ríos y Thelma Aldana, y conforme se van conociendo las oscuras circunstancias de ello, independientemente de la aceptación o rechazo de ambas, los números pueden cambiar. La opinión muy favorable era de 13% y la desfavorable, de 30. Suma 43% y la favorable más la muy favorable sumó, al levantarse los datos, 46%: demasiado cercano. Es lógico pensar en una fuerte disminución de la primera cifra y ello le daría una diferencia negativa. En cuanto a la disposición de votar por ella, solo el 13% se declaró torrista, y el 77% respondió Nunca o Tal vez.

En cuanto a predecir el resultado de la elección, solo el 13% piensa en una victoria de esta candidata. Entonces, los números fríos son claros, y si bien responden a una encuesta realizada hace algunas semanas, los acontecimientos posteriores podrán hacerlos cambiar, pero no a su favor. No se ha medido todavía el efecto —sin duda negativo— de su ataque contra la libre emisión del pensamiento escondido detrás de una burda burla a la Ley de Femicidio, lo cual le restará apoyo en las mujeres y en muchos hombres para quienes esa ley es una necesidad para lograr una urgente protección en beneficio de las víctimas de la peor calaña de machismo. Irónicamente, su alto nivel de conocimiento y también el tiempo se está volviendo un factor en contra de ella.

El principal efecto de esta realidad es poner muy cuesta arriba el plan de ganar en la primera vuelta, basado en la ausencia de votantes para aumentar la importancia porcentual de su voto duro. En la segunda vuelta, quien ocupe el segundo lugar casi tiene la presidencia en la bolsa, pero ello de poco o de nada sirve si el Congreso tiene una bancada importante de la UNE. Por otra parte, esta actitud popular otorga nuevas esperanzas a los cuatro aspirantes con posibilidades serias de ocupar la segunda posición, pero los obliga a actuar con astucia y con serenidad, difícil de lograr a causa de egos exacerbados y de malos consejos de los integrantes de las “roscas” de cada uno. Si se logra convencer a suficientes votantes, los minicandidatitos solo serán adorno.

Aunque la batalla no está perdida, indudablemente pelearla en estas condiciones provoca efectos en ese dolor ciudadano por la forma como se encuentra el país. Es necesario entonces tratar de convencerlos de un hecho claro: en la democracia, imperfecta como es, la voz de quienes aparentemente no la tienen es al final el factor más importante, porque la responsabilidad de la integración de un gobierno totalitario, engendro de dictadura, es de los votantes, aunque disminuya si fueron engañados. Esa batalla será corta, de solo 24 días. Las libertades ciudadanas logradas con sangre, exilio, viudas y huérfanos, no se puede perder porque la decepción supere a la responsabilidad y se haya vencido la idea de la importancia de todos y cada uno de los votos.