Aleph

La irresistible patria sin país

Carolina Escobar

Publicado el

Nos encantan los símbolos, aunque ya no signifiquen nada. Nos encanta defender banderas que terminan siendo trapos funerales. Nos fascina defender a una patria que no llega siquiera a ser país. Y hablar mal de la patria es tan prohibido como hablar mal del padre, aunque nunca lo hayamos conocido. En Guatemala no se puede hablar mal de Guatemala, aunque estemos viendo, cada día, cómo se rompe en pedazos.

Hay negacionistas de corazón o ciegos por vocación, que se ofenden cuando se habla mal de la patria y, para responder ante lo que no pueden defender de manera racional y evidente, usan su frase más simplista y descerebrada: “si no le gusta, ¿por qué no se va a vivir a otro lado?” Es fuerte eso de la patria, como es fuerte eso del dinero, de los padres o de lo que llamamos Dios. Generalmente, me resulta sospechosa esa actitud de exacerbados nacionalismos o patriotismos y me remite, por experiencia, a aquella frase nietzscheana que dice que “cuando se tiene tanta moral, por lo regular se tiene doble.” Será, quizás, porque hemos oído a demasiados corruptos o asesinos hablar con tanto desenfreno sobre la patria soberana.

Tener banderas, volcanes, quetzalitos y monjas blancas, no es sinónimo de vivir en un lugar donde podemos ejercer plenamente nuestra condición de ciudadanía. Es nuestra vida dignificada lo que le da contenido a esos símbolos, pero en un país con altas tasas de desnutrición, abandono escolar, extrema pobreza, poco acceso a servicios de salud, escasa empleabilidad formal, crecientes flujos migratorios, permanente inseguridad y excesiva violencia ¿qué significan una bandera o una ceiba? Puros dibujitos.

Les preguntamos a adolescentes sobre esto y respondieron cosas como estas: “Un país independiente es un país donde los niños y las niñas son felices, no son maltratados, no sufren violencia, donde tienen comida todos los días.” “Es un país donde los adolescentes son respetados y son libres de hacer las cosas y respetan sus derechos y obligaciones; para ser un país independiente tenemos que vivir sin violencia y estar seguros (…) y vivir felices.” “Es un país donde somos libres, donde son respetados nuestros derechos, donde somos vistos y escuchados.”

Buen inicio para hablar del país que soñamos ser. Un país no son las antorchas, si el fuego de la juventud solo puede encenderse un día al año. Un país no es una bandera en nuestro carro, si esa bandera sirve cada día para cubrir entre 15 y 17 cadáveres que quedan tirados en las calles, luego de tantas muertes violentas. Un país no es una ceiba, si en un solo día se llegan a talar las hectáreas equivalentes a 17 campos de futbol. Un país no son los desfiles militarescos, sobre todo si el ejército de Guatemala está lleno de desocupados y corruptos pagados con nuestros impuestos para cuidar la puerta de otros corruptos, para hacer negocios ilegales, para liderar una parte del crimen organizado, o para llenar los agujeros de las carreteras que se rompen gracias a la mediocridad y la misma corrupción.

Un país somos nosotros y las relaciones de poder que se dan en un territorio. Que hoy no podamos llamar a Guatemala “país”, no depende solo de cuestiones culturales, de nuestras condiciones climáticas o de nuestra ubicación geográfica. Depende todo, o casi todo, de las políticas económicas que han dictado quienes han dirigido “su” país. Esto puede leerse mejor en el libro “Por qué fracasan los países”, de Daron Acemoglu y James A. Robinson.

A esta “patria”, nombre irresistible pintado de maravillosos paisajes y adornado con banderitas que hoy nos pide sumar la ausencia de justicia social y legal, a la represión, la corrupción y la imposibilidad de encontrar alternativas pacíficas de cambio social, la llamaría yo una bomba de tiempo. Mientras, seguiré escuchando lo que las niñas, niños y adolescentes tienen que decir sobre la Guatemala que les toca vivir. Allí hay mucha más verdad.